No hay nadie más grande en esta casa que yo; ni me ha retenido cosa alguna sino a ti, por cuanto eres su mujer: ¿cómo, pues, puedo hacer yo esta gran maldad, y pecar contra Dios?

¿Cómo, pues, puedo hacer yo esta gran maldad? Esta protesta, cuando todos los argumentos inferiores habían fracasado, encarnaba los verdaderos principios de la pureza moral, un principio siempre suficiente donde existe, y solo suficiente.

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