El pensamiento del peregrino se centra en la ciudad hacia la que se vuelve su rostro como lugar de hogar. La fuerza del pueblo hebreo en el pasado, y todo lo que queda de él hoy, resulta en gran parte del agudo sentido que siempre abrigó de la importancia del hogar y la familia. La casa, la ciudad, el trabajo, son todos importantes para conservar la fuerza de la familia. Los peregrinos miran hacia estos, pero como esperan, reconocen que, así como en el asentamiento que los hará posibles, Jehová es el único Trabajador, así también en ellos es la única y única Fortaleza de Su pueblo. Debe construir la casa y proteger la ciudad. Él debe ser el socio en el trabajo, dando a su amado incluso cuando descansan en el sueño. Después de que se acabe el trabajo.

El último es un pensamiento lleno de consuelo para el trabajador. Jehová nunca se cansa y lleva a cabo la empresa mientras su hijo confiado adquiere nuevas fuerzas durante el sueño. Los hijos, la gloria de la casa, son su regalo y se convierten en el apoyo y la defensa de sus padres. Así, los peregrinos esperan el descanso que sigue al exilio, en la ciudad de Dios; y reconocer que esto también en todos sus detalles, será el resultado de Su poder y obra.