Éste es un cuadro maravilloso de una tormenta, visto desde el punto de vista de alguien que está sumamente consciente de Jehová. El gran nombre aparece con más frecuencia en este salmo que en cualquier otro de este primer libro, y se encuentra no menos de dieciocho veces. Allí se descubre la clave de todo el movimiento. Una vez que se usa el nombre que sugiere poder obrador de maravillas, el Dios de gloria truena.

Por lo demás, se ve a este Dios como Jehová del alma que confía.

Desde esta perspectiva, toda la sublimidad y la majestad se ven bajo el control del amor, y el cantante encuentra ocasión para la más alta forma de alabanza en presencia de una tormenta que de otro modo habría llenado el corazón de terror. La tormenta se describe en la parte central de la canción (3-9). A la descripción hay un preludio que llama a "los hijos de Dios" a alabar (1, 2). En el epílogo (10-11), la tormenta parece haber amainado y el salmista canta sobre la única impresión suprema producida.

Sobre todo el diluvio, Jehová se sentó como Rey. Las deducciones son simples pero llenas de belleza. Jehová siempre se sienta como Rey. Durante la tormenta dará fuerza a su pueblo. Siguiéndola, les dará paz.