Después de esta declaración, el profeta hizo su gran llamamiento, primero a la nación en su conjunto, pidiéndola que se recuperara antes de que pasara la oportunidad de arrepentimiento, antes de que llegara la hora del juicio.

Como si estuviera consciente de que ese llamamiento mayor sería inútil, se dirigió al remanente, a los que eran "los mansos de la tierra", y los instó a renovar la devoción. Este llamamiento lo hizo cumplir con un argumento, en el que nuevamente expuso el hecho del juicio venidero sobre las naciones, intercalando su declaración con palabras de esperanza acerca del remanente.

Primero se dirigió a las naciones de Occidente, proclamando que serían completamente destruidas y que, en su lugar, el resto de la casa de Judá alimentaría sus rebaños. Luego se dirigió a las naciones del Este, declarando que se convertirían en una desolación perpetua y que el remanente habitaría sus tierras.

Luego se volvió hacia los del sur, anunciando que serían asesinados por la espada.

Finalmente, declaró que los del norte serían destruidos y sus ciudades serían una desolación.

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