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1. Mirando con seriedad. Pablo comienza con el testimonio de una buena conciencia, para que toda la multitud entienda que está acusado injustamente de una ofensa tan atroz, como si hubiera ido a derrocar la adoración a Dios. Puede ser, de hecho, que un hombre pueda ofender a la ignorancia, que de otro modo no sería un contendiente ni de Dios ni de la religión; pero Paul quiso al principio, solo con esta excusa, calmar sus mentes enfadadas, para que se le oyera mejor; porque había sido en vano para él haberse defendido, siempre y cuando esa opinión permaneciera en la mente de los sacerdotes, que él era una rebelión perversa [apóstata]. Por lo tanto, antes de ingresar a la causa, se excusa de ese crimen, no solo porque puede comprar el favor por ese deseo que tenía para vivir divinamente, sino también que puede evitar acusaciones falsas, o al menos puede refutar prejuicios injustos que podría haber hecho contra él, con lo que vio a toda la multitud infectada y corrompida. No sabemos lo que quiso decir además. No obstante, este prefacio enseña que ningún hombre puede manejar correctamente la doctrina de la piedad, a menos que el temor de Dios reine y tenga la influencia principal en él. Y ahora, aunque no le dio a los sacerdotes un título tan honorable aquí como lo hizo un poco antes, cuando se paró en los escalones de la fortaleza, aun así los llama hermanos, dándoles ese honor, no porque se lo merezcan, sino que él puede testificar que él no es la causa de la ruptura de la amistad. -

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