Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, como perito arquitecto he echado los cimientos. No mío es este edificio, no mías las obras; porque aunque yo, como el primer arquitecto, puse los cimientos, por mi predicación, de la Iglesia en Corinto, sin embargo, todo lo que hice, y perfeccioné allí, no fue hecho por mi fuerza, sino por la gracia de Dios. Que, pues, esta edificación de la Iglesia de Dios se atribuya a su gracia, no a mis esfuerzos.

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