REFLEXIONES

Alma mía, ¿has leído y meditado debidamente sobre los ejemplos aquí presentados del poder y la soberanía divinos? ¿No inducirá la vista a la mayor humildad y abatimiento de espíritu? ¿Surgirá algo en las circunstancias de la providencia de tu DIOS hacia ti, después de una revisión como se establece aquí, para tentarlo a murmurar o quejarse de los nombramientos soberanos? ¡Oh! por la gracia de humillarte como lo hizo Job, y de poner tu mano sobre tu boca.

Seguramente los descubrimientos que el SEÑOR hace de sí mismo no son menores ahora, que cuando él condescendió amablemente a razonar con el hombre de Uz. Piensa, alma mía, en la inmensa grandeza del SEÑOR. En este único punto de vista, hay suficiente para excitar, en cada pecho, sentimientos similares a los del salmista, y decir, como él lo hizo, cuando considero tus cielos las obras de tus manos, la luna y las estrellas que tú has ordenado; ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el hijo de hombre para que lo visites? Y si añadimos a estos pensamientos, la solemne consideración de la santidad de DIOS; que los cielos no están limpios ante sus ojos, y aun a sus ángeles acusa de necedad; Seguramente todo hombre, como el Profeta, puede tener motivos para exclamar: ¡Ay de mí! Estoy perdido, porque soy hombre de labios inmundos, y habito en medio de un pueblo de labios inmundos.

¿Y qué hay que pueda traer alivio al alma bajo impresiones como estas, excepto las insinuaciones de gracia, misericordia y dulzura del amor divino, tal como se nos da en la persona, las relaciones, el oficio, el trabajo y el carácter, del SEÑOR JESÚS? ¿CRISTO? ¡Oh! ¡Tú adorado Redentor! ¿Cómo has suavizado, a nuestra vista, la terrible majestad del cielo, para que cuando en cualquier momento sintamos el corazón abrumado en el recuerdo de la justicia y santidad ofendidas de JEHOVÁ, podamos recordar y consolarnos, que a esto Alto y Sublime, cuyo nombre es Santo, estamos autorizados a mirar hacia arriba, a través de un Mediador Todopoderoso; y que en medio de nuestras ofensas, defectos y contaminaciones, tenemos un abogado con el PADRE como JESUCRISTO el justo, que es la propiciación por nuestros pecados. ¡Salve, bendito JESÚS! a ti, SEÑOR, vendré; en ti confiaré; Apóyate en el brazo de tu justicia, y fija aquí todas mis esperanzas y la seguridad de mi aceptación. Y alabado sea tu santo nombre, tú has dicho: Todos los que en ti confían, nunca serán avergonzados ni confundidos, por los siglos de los siglos.

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