Significado. Todo trabajo del creyente, por humilde que sea, se ofrece de corazón al Señor mismo y no a los hombres; así la fe redime hasta la tarea más ordinaria. Trabajar «como para el Señor» es transformar el deber en adoración.

Contexto. El apóstol Pablo escribe esta carta a la iglesia de Colosas, una comunidad que no había fundado personalmente, mientras estaba preso (probablemente en Roma, hacia los años 60-62 d.C.). Frente a una herejía que mezclaba ascetismo, filosofía y culto a los ángeles, Pablo exalta la supremacía y suficiencia de Cristo. En el capítulo 3 desciende de la doctrina a la vida práctica, ordenando las relaciones del hogar; en este punto se dirige específicamente a los siervos (esclavos), exhortándolos a una obediencia sincera dentro de su situación social.

Explicación. El verbo central, «hagáis», abarca literalmente «todo lo que hagáis», sin distinguir entre lo sagrado y lo secular. La expresión «de corazón» traduce una frase que significa «desde el alma», es decir, con la voluntad entera y no de mala gana ni por mera apariencia. El contraste decisivo es «como para el Señor, y no para los hombres»: la mirada del siervo se eleva del amo terrenal al Señor Cristo, su verdadero Dueño. Desde la perspectiva reformada, esto refleja la doctrina del señorío total de Cristo sobre cada esfera de la vida (coram Deo, ante el rostro de Dios). No existe trabajo neutro: el corazón regenerado por la gracia soberana sirve a Dios en su vocación cotidiana, glorificándole como fin supremo del hombre, según confiesa el Catecismo Menor de Westminster.

Referencias relacionadas. El paralelo más cercano es Efesios 6:5-8, donde Pablo manda servir «de buena voluntad, como al Señor». La idea de que todo se haga para la gloria de Dios aparece en 1 Corintios 10:31. Eclesiastés 9:10 exhorta a hacer con fuerza lo que la mano halle. El propio Cristo enseñó que servir al prójimo es servirle a Él (Mateo 25:40), y la parábola de los talentos (Mateo 25:21) promete la aprobación del Señor al siervo fiel.

Aplicación práctica. El cristiano de hoy, sea empleado, estudiante, padre o profesional, recibe aquí una dignidad inmensa: ningún oficio honesto es despreciable cuando se ofrece a Cristo. Esto libera del afán por la aprobación humana y de la pereza que solo trabaja cuando es observada. El creyente cumple su tarea con excelencia e integridad aun cuando nadie mira, porque su Señor siempre lo ve y recompensa. Así, la oficina, el aula y el hogar se vuelven altares donde se rinde culto al Rey.

Para reflexionar. ¿Realizas tus labores diarias buscando la aprobación de los hombres o consciente de que las ofreces directamente al Señor que te ve y te recompensa?

Continúa después de la publicidad
Continúa después de la publicidad