Significado. El justo que sufre se ve rodeado de burla y desprecio, y en ese escarnio el Salmo anticipa proféticamente el oprobio que padecería el Mesías en la cruz.

Contexto. El Salmo 22 es un salmo davídico de lamento individual, atribuido a David según el encabezado. Surge de una angustia extrema en la que el orante se siente abandonado por Dios y acosado por sus enemigos. Aunque nace de una experiencia concreta de David, su lenguaje rebasa cualquier sufrimiento meramente humano y, por inspiración del Espíritu, dibuja con detalle la pasión de Cristo, hasta el punto de que el Señor mismo lo cita desde el madero (Mateo 27:46).

Explicación. El versículo declara: «Todos los que me ven me escarnecen; estiran los labios, menean la cabeza». El verbo «escarnecer» evoca la mofa pública, el desprecio que reduce al afligido a objeto de risa. «Estirar los labios» describe el gesto de torcer la boca en burla, y «menear la cabeza» es el ademán universal del desdén y la condena. Desde una lectura reformada y cristocéntrica, vemos aquí la humillación voluntaria del Hijo, quien soberanamente se entregó al oprobio que merecíamos nosotros. La providencia de Dios gobierna incluso la malicia de los burladores: lo que ellos hacen por odio, el Padre lo ordena para la salvación de los escogidos. El sufrimiento del Mesías no es accidente, sino designio eterno.

Referencias relacionadas. El cumplimiento literal aparece en Mateo 27:39 y Marcos 15:29, donde los que pasaban «meneaban la cabeza». Isaías 53:3 anuncia al Siervo «despreciado y desechado». El Salmo 69:9 y 109:25 repiten el mismo desprecio, y Hebreos 12:2 declara que Cristo «menospreció el oprobio» por el gozo puesto delante de él.

Aplicación práctica. El creyente que sigue a Cristo no debe extrañarse del escarnio del mundo, pues el siervo no es mayor que su Señor. Cuando seamos objeto de burla por causa de la fe, recordemos que nuestro Salvador la soportó primero y por nosotros. Su humillación nos enseña a no buscar la aprobación de los hombres, sino a descansar en la aprobación del Padre, confiando en que la misma providencia que sostuvo a Cristo en su oprobio nos sostiene a nosotros.

Para reflexionar. ¿Estoy dispuesto a soportar el desprecio del mundo por amor a Cristo, sabiendo que él cargó primero con mi oprobio?

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