Significado. Todo cuanto existe pertenece al Señor por derecho de creación; nada hay fuera de su dominio soberano. La tierra y sus moradores le pertenecen porque Él los hizo y los sostiene.

Contexto. El Salmo 24 lleva el encabezado «de David», y la tradición lo asocia con el traslado del arca a Sión, símbolo de la entrada del Rey de gloria a su morada. David, rey ungido de Israel, compone este cántico litúrgico para un pueblo que se acerca a adorar al Dios del pacto. Los destinatarios son los adoradores que suben al monte santo, instruidos a recordar que el Señor a quien sirven es el Creador y Dueño de todo.

Explicación. El versículo abre con una afirmación universal: «Del Señor es la tierra y su plenitud». El término hebreo melô (plenitud) abarca cuanto llena la tierra: criaturas, riquezas, naciones. La segunda línea explica el fundamento de tal posesión: «el mundo y los que en él habitan». Desde la perspectiva reformada, esta no es mera retórica, sino la confesión de la soberanía absoluta de Dios sobre toda la creación. Él es Señor por derecho de creación y de providencia; gobierna y sostiene todas las cosas según el consejo de su voluntad. No existe terreno neutral, ningún rincón del cosmos que escape a su señorío. Esta verdad relativiza toda pretensión humana de autonomía y funda la adoración: nos acercamos a Aquel a quien todo le debe su ser.

Referencias relacionadas. El versículo siguiente fundamenta esta posesión en la creación: «Él la fundó sobre los mares» (Salmos 24:2; cf. Génesis 1:9-10). Pablo cita explícitamente este texto en 1 Corintios 10:26 al tratar la libertad cristiana. La misma confesión resuena en Éxodo 19:5, Job 41:11 y Salmos 50:12. El Nuevo Testamento corona esta verdad en Cristo, por quien y para quien fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16; Hechos 17:24-25).

Aplicación práctica. Si toda la tierra es del Señor, entonces nada de lo que poseemos es verdaderamente nuestro; somos mayordomos, no propietarios. Esta verdad libera del afán de acumular y del temor a perder, pues nuestra vida, bienes y trabajo están en manos del Dueño soberano. Nos llama a usar cada recurso para su gloria y a recibir el pan cotidiano con gratitud. Frente a un mundo que se rebela contra su Señor, el creyente reconoce con humildad que «la tierra es de Dios», y vive bajo el señorío de Cristo en cada esfera de su existencia.

Para reflexionar. Si confieso que todo pertenece al Señor, ¿administro de veras mi tiempo, mis bienes y mis dones como quien rinde cuentas al verdadero Dueño?

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