Significado. La misericordia de Dios no es un rasgo accesorio de su carácter, sino un tesoro infinitamente precioso bajo cuyas alas el pueblo redimido halla refugio seguro. «¡Cuán preciosa es tu misericordia, oh Dios!»

Contexto. El Salmo 36 lleva el título «de David, siervo de Jehová», y se estructura en tres movimientos: la descripción de la corrupción del impío (vv. 1-4), la celebración de los atributos de Dios (vv. 5-9) y la oración por la preservación del justo (vv. 10-12). David, rey ungido de Israel, escribe rodeado de enemigos que no temen a Dios, y contrapone la maldad insondable del hombre a la bondad inconmensurable del Señor. El versículo 7 corona ese contraste, llevando al creyente del horror del pecado al asombro de la gracia.

Explicación. El término hebreo «jésed» (misericordia, amor pactual) describe la fidelidad leal de Dios para con los suyos en virtud del pacto. David la llama «preciosa», es decir, de un valor que no se puede ponderar. La imagen de refugiarse «a la sombra de tus alas» evoca tanto al ave que protege a sus polluelos como los querubines sobre el propiceatorio. Desde una lectura reformada, advertimos que el verbo es pasivo y receptivo: «se amparan los hijos de los hombres». No es el mérito del hombre lo que lo coloca bajo esas alas, sino la elección soberana y la gracia que atrae y sostiene. La salvación es enteramente de Dios, y el refugio es don, no logro.

Referencias relacionadas. La imagen de las alas protectoras reaparece en el Salmo 17:8, 57:1 y 91:4. El Señor Jesús la hace suya al lamentarse sobre Jerusalén: «cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos bajo las alas» (Mateo 23:37). Rut halló refugio bajo las alas del Dios de Israel (Rut 2:12), anticipando la incorporación de los gentiles al pacto de gracia.

Aplicación práctica. En un mundo que, como los impíos del salmo, no teme a Dios, el creyente está llamado a valorar la misericordia divina como su mayor tesoro. Cuando la ansiedad, la culpa o la persecución acechan, no corremos a refugios falsos, sino que nos escondemos en Cristo, bajo cuyas alas el Padre nos guarda. Esta confianza no produce pereza, sino adoración agradecida y vidas que reflejan la bondad recibida.

Para reflexionar. ¿Tengo yo la misericordia de Dios por «preciosa», o la doy por sentada mientras busco refugio en cosas que no pueden salvarme?

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