Significado. El silencio del creyente ante Dios no siempre es virtud serena; a veces es un dolor reprimido que arde por dentro mientras se busca no deshonrar al Señor delante de los impíos.

Contexto. El Salmo 39 es un salmo de David, encomendado a Jedutún, uno de los directores del culto levítico. Brota de una hora de aflicción y enfermedad en la que el rey medita sobre la fragilidad de la vida humana. Decidido a no pecar con su lengua mientras el malvado lo observa (v.1), David se impone un voto de silencio. El versículo 2 describe el costo de ese silencio: la angustia no expresada se vuelve fuego interior.

Explicación. «Enmudecí con silencio, me callé aun respecto de lo bueno; y se agravó mi dolor.» El verbo hebreo sugiere un mutismo total, un cierre voluntario de los labios. David se abstuvo incluso de «lo bueno», es decir, de palabras justas y provechosas, por temor a que la queja se le escapara delante de los enemigos de Dios. Sin embargo, la represión no sanó la herida: la agravó. Desde una lectura reformada, vemos aquí la honestidad de la piedad genuina: el santo no finge una paz que no posee, sino que lleva su lucha real ante el Dios soberano que escudriña el corazón (Salmo 139:1-2). El dominio propio es fruto del Espíritu, pero no equivale a negar el dolor; antes bien, conduce al alma a derramarlo en oración delante de Aquel que ordena todas las cosas para bien de los suyos.

Referencias relacionadas. Jeremías sintió un fuego semejante al intentar callar la Palabra: «había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos» (Jeremías 20:9). Job clamó desde su angustia (Job 7:11), y el salmista nos enseña a echar nuestra carga sobre Jehová (Salmo 55:22; 62:8). El Señor Jesús, varón de dolores, llevó nuestras angustias y enmudeció ante sus acusadores sin pecar (Isaías 53:7; 1 Pedro 2:23), cumpliendo perfectamente lo que David solo alcanzó en parte.

Aplicación práctica. Hay un silencio prudente que honra a Dios y guarda nuestro testimonio ante el mundo; pero reprimir el dolor sin llevarlo a la presencia divina solo lo intensifica. El creyente no está llamado al estoicismo, sino a la oración sincera. Cuando la pena arda dentro de ti, no la sofoques ni la desahogues con palabras imprudentes: derrámala ante el trono de la gracia, confiando en que tu Padre soberano gobierna incluso esta aflicción.

Para reflexionar. ¿Estoy callando mi dolor por orgullo o autosuficiencia, en lugar de llevarlo con fe al Dios que reina sobre todas mis circunstancias?

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