Significado. El salmista declara una verdad que incomoda y a la vez consuela: la maldad humana no es un accidente tardío sino una corrupción que brota desde el origen mismo de la vida. «El extravío no se aprende; se hereda.»

Contexto. El Salmo 58 es un salmo de David, clasificado entre los llamados imprecatorios, donde el rey clama a Dios contra jueces y gobernantes injustos que tuercen el derecho. Dirigido a la congregación de Israel y, por extensión, a todo creyente que sufre bajo la opresión de poderosos corruptos, el salmo pasa de denunciar a los «dioses» o magistrados (vv. 1-2) a describir la raíz universal de esa injusticia (vv. 3-5), para terminar confiando el juicio en manos del Dios soberano.

Explicación. El versículo afirma que los impíos «se apartaron desde la matriz» y «erraron desde el vientre, hablando mentira». Las expresiones hebreas señalan un extravío que precede a toda decisión consciente: no se trata de una desviación adquirida con los años, sino de una orientación torcida presente desde la concepción. Aquí la teología reformada reconoce con claridad la doctrina del pecado original y la depravación total: el corazón nace ya inclinado contra Dios (cf. Confesión de Westminster, cap. VI). No es que cada persona sea tan mala como podría ser, sino que ninguna facultad humana queda libre de la corrupción. David no exagera retóricamente; describe la condición real de la raza caída, incluido él mismo, como confiesa en otro lugar.

Referencias relacionadas. Esta verdad resuena en Salmos 51:5, donde David admite haber sido formado en iniquidad; en Génesis 8:21, que declara malo el designio del corazón humano desde su juventud; en Romanos 3:10-18, donde Pablo reúne testimonios para probar que no hay justo ni aun uno; y en Efesios 2:3, que nos llama «por naturaleza hijos de ira».

Aplicación práctica. Reconocer que el mal brota del vientre destruye toda ilusión de autosuficiencia moral. No basta con mejorar el entorno o reformar las leyes; el ser humano necesita un nuevo nacimiento que solo el Espíritu concede por pura gracia. Esto nos guarda del orgullo farisaico cuando juzgamos a los corruptos, pues compartimos su misma raíz, y nos lleva a clamar por la regeneración que Cristo obra. Donde la naturaleza solo produce mentira, el Salvador siembra verdad y vida.

Para reflexionar. Si la maldad me acompaña desde el vientre, ¿en quién pongo mi esperanza de transformación: en mi propio esfuerzo o en la gracia soberana que hace nuevas todas las cosas?

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