Significado. El sufrimiento del justo, despreciado y agraviado hasta en su sed más elemental, anticipa al Cristo que bebería el cáliz de la maldición para que su pueblo recibiera el consuelo eterno.

Contexto. El Salmo 69 es atribuido a David, un salmo de lamento individual surgido en medio de feroz persecución, cuando el salmista se hunde «en cieno profundo» y soporta el odio de quienes lo aborrecen «sin causa». Dirigido originalmente a la congregación de Israel como oración modelo, expresa la angustia del siervo de Dios rodeado de enemigos. La tradición apostólica lo lee como uno de los salmos más citados respecto a la pasión del Mesías, leyendo a David como tipo de su Hijo mayor.

Explicación. «Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre.» La hiel (en hebreo, una sustancia amarga y venenosa) y el vinagre representan la crueldad extrema: en lugar de aliviar al afligido, sus adversarios intensifican su tormento. En clave reformada, este versículo revela cómo el pecado humano se ensaña contra el ungido de Dios, y a la vez cómo la soberanía divina ordena tal padecimiento dentro de su plan eterno. La amargura recibida no es accidente, sino el cáliz que el Padre dispone. David, el rey conforme al corazón de Dios, prefigura al Hijo que cargaría no solo el desprecio de los hombres, sino la ira justa contra el pecado, para que la copa de salvación fuese ofrecida a los elegidos.

Referencias relacionadas. Los cuatro evangelios cumplen este versículo en la cruz: «le dieron a beber vinagre mezclado con hiel» (Mateo 27:34) y «empapando en vinagre una esponja» (Juan 19:29, cf. Marcos 15:36; Lucas 23:36). El mismo salmo se cita en Juan 2:17 («el celo de tu casa») y Romanos 15:3 («los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí»). Compárese con Isaías 53:3, el varón de dolores experimentado en quebranto.

Aplicación práctica. El creyente que sufre injusticia, traición o desprecio inmerecido halla aquí un consuelo profundo: su Salvador conoce por experiencia el sabor de la hiel. No oramos a un Dios distante, sino a uno que bebió hasta el fondo la copa amarga para darnos a beber del agua de vida. Cuando el mundo nos ofrezca vinagre en lugar de compasión, recordemos que seguimos las pisadas de Aquel que, soberanamente sostenido, no devolvió mal por mal. Confiemos en que ningún padecimiento de los suyos escapa al propósito redentor del Padre.

Para reflexionar. ¿Estoy dispuesto a confiar en la soberanía de Dios cuando recibo «hiel» donde esperaba consuelo, recordando que mi Salvador ya apuró esa copa por mí?

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