Cantares de los Cantares 2:5

I. Mirando una manzana desde un punto de vista morfológico, encontramos que es una rama detenida. En lugar de continuar desarrollando más madera y follaje, una rama termina en una manzana; y en esta manzana se concentran la savia y la sustancia que habría prolongado la rama, y ​​de ahí su mayor tamaño y capacidad de expansión. Contemplamos en él, como en un vaso, un ejemplo natural muy sorprendente de la ley del autosacrificio; esa ley que impregna toda la naturaleza y de la que dependen el bienestar y la estabilidad de la naturaleza. Es en este autosacrificio de la planta donde surge y culmina toda su belleza.

II. El pequeño globo de la manzana es un microcosmos, que representa dentro de su esfera en miniatura los cambios y procesos que ocurren en el gran mundo. Vida y muerte, crecimiento y decadencia, libran su batalla en su humilde escenario. Mientras cuelga de su tallo, está en una especie de correspondencia magnética con todos los poderes de la naturaleza; comparte la vida de la tierra y el cielo. Es una encarnación del aire, la luz del sol y el rocío.

Pero su encanto especial no consiste en su enseñanza científica ni en sus utilidades materiales. ¿A quién le importaría estudiar una manzana o cualquier otro objeto natural, si no fuera por su lado religioso? Nada puede ser más simple y más humilde que una lección objetiva de este tipo. Está cerca de nosotros, en nuestra propia boca, familiar para todo niño, pero su sencillez es el misterio del Dios inescrutable, la profundidad del cielo claro pero insondable.

El otoño es la época de las revelaciones; y el fruto madura cuando se quita el follaje que escondía el huerto, y todos sus secretos se abren a las miradas del sol. Pero ningún otoño de revelación llega a este árbol del conocimiento, y arrancamos su fruto de la rama en medio de misterios que ocultan incluso mientras ellos revelan lo que desconciertan incluso mientras nos instruyen. Pero estos misterios son favorables a la fe y a una confianza sencilla e infantil, dejando lo que no puede comprender, con sabio contentamiento, en la infinidad de Dios.

H. Macmillan, Two Worlds are Ours, pág. 213.

Referencias: Cantares de los Cantares 2:7 . Spurgeon, Sermons, vol. xxv., núm. 1463. Cantares de los Cantares 2:8 . Ibíd., Morning by Morning, pág. 80. Cantares de los Cantares 2:8 .

RM McCheyne, Memoir and Remains, pág. 437. Cantares de los Cantares 2:9 . S. Baring-Gould, Cien bocetos de sermones, pág. 168. Cantares de los Cantares 2:10 .

Spurgeon, Mañana a mañana, pág. 116. Cantares de los Cantares 2:10 . JM Neale, Sermón sobre el Cantar de los Cantares, pág. 92; JH Newman, Sermones en varias ocasiones, pág. 190. Cantares de los Cantares 2:10 . Spurgeon, Sermons, vol. viii., No. 436.

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