11-15 Debemos amar al Señor Jesús, valorar su amor y, por tanto, amar a todos nuestros hermanos en Cristo. Este amor es el fruto especial de nuestra fe, y una señal cierta de que hemos nacido de nuevo. Pero nadie que conozca bien el corazón del hombre, puede asombrarse del desprecio y la enemistad de los impíos contra los hijos de Dios. Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida: podemos saberlo por las evidencias de nuestra fe en Cristo, de las cuales el amor a nuestros hermanos es una. No es el celo por un partido en la religión común, ni el afecto por los que tienen el mismo nombre y los mismos sentimientos que nosotros. La vida de la gracia en el corazón de una persona regenerada, es el comienzo y el primer principio de una vida de gloria, de la cual deben estar desprovistos quienes odian a su hermano en sus corazones.

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