1-13 Después de treinta y ocho años de tediosa morada en el desierto, los ejércitos de Israel avanzaron hacia Canaán nuevamente. No había agua para la congregación. Vivimos en un mundo que quiere, y donde quiera que estemos, debemos esperar encontrarnos con algo para sacarnos. Es una gran misericordia tener mucha agua, una misericordia de la cual, si encontramos la falta, deberíamos tener más el valor. Entonces murmuraron contra Moisés y Aarón. Hablaban el mismo lenguaje absurdo y brutal que sus padres habían hecho. Empeoró su crimen, ya que habían sentido tanto tiempo por el descontento y la desconfianza de sus padres, pero aún así se aventuran en los mismos pasos. Moisés debe nuevamente, en nombre de Dios, ordenarles agua de una roca; Dios es tan capaz como siempre de suministrar a su pueblo lo que es necesario para ellos. Pero Moisés y Aarón actuaron mal. Se tomaron gran parte de la gloria de esta maravilla para sí mismos; "¿Debemos traer agua?" Como si fuera hecho por algún poder o mérito propio. Habían de hablarle a la roca, pero la golpearon. Por lo tanto, se les acusa de que no santificaron a Dios, es decir, no le dieron solo a él la gloria de este milagro que se debió a su nombre. Y siendo provocado por el pueblo, Moisés habló desaconsejadamente con sus labios. El mismo orgullo del hombre aún usurparía la oficina del Mediador designado; y llegar a ser para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Tal estado de independencia pecaminosa, tal rebelión del alma contra su Salvador, la voz de Dios condena en cada página del evangelio.

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