Ningún hombre habló abiertamente.

Estas discusiones eran más privadas que públicas. Todo el pueblo sentía que "los judíos", los poderes gobernantes, se oponían intensamente a Cristo, y temían que una discusión abierta les acarrearía el mal. Los que tenían ambas opiniones "desconfiaban de la jerarquía; incluso los de opiniones hostiles tenían miedo, mientras el Sanedrín no había dado su decisión oficial, que su veredicto pudiera ser revocado ... verdadero indicio de una dominación absolutamente jesuítica del pueblo". -- Meyer.

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Nuevo Testamento