Jerusalén queda reducida al último extremo. Pero esta vez Jehová aparece para su liberación, y la multitud de sus enemigos desaparece como un sueño de la noche. Todo es oscuro y sombrío en cuanto a la gente; todo está moralmente trastornado, y pronto Dios trastornará todo con su poder, y cambiará el bosque en Carmelo (es decir, un campo fértil). De ahora en adelante, Jacob no será más débil ni endeble.

Los mansos serán bendecidos, los sordos oirán la palabra. El terrible y el blasfemo serán consumidos delante de Jehová. Hay entonces dos partes en esta historia, dos ataques. El primero triunfa contra Efraín y contra Jerusalén. El segundo no lo consigue. Jerusalén es abatida en gran manera, pero aparece Jehová y es librada. El espíritu de escarnio e incredulidad fue marcado en el capítulo 28; el espíritu de ceguera en el capítulo 29.

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