En estos versículos se concluye la exposición positiva de la justicia de Dios ofrecida a la fe a través de la redención en Cristo Jesús. El Apóstol señala dos inferencias que se pueden sacar de él, y que van a encomendarlo a las mentes religiosas. La primera es que excluye la jactancia. Una constitución religiosa bajo la cual los hombres pueden reclamar o asumir cualquier cosa en la presencia de Dios, necesariamente debe ser falsa; es por lo menos una señal de verdad en la doctrina cristiana de la justificación que por ella se hace imposible tal presunción.

La segunda es que en su universalidad y su igualdad para todos los hombres, es consistente con (como de hecho fluye de) la unidad de Dios. No puede haber hijastros en la familia de Dios; un sistema que enseña que hay, como esa corriente entre los judíos, debe estar equivocado; un sistema como el cristiano, que excluye tal idea, es al menos hasta cierto punto correcto. En Romanos 3:31 se plantea una objeción.

Puede decirse que todo el sistema que acabamos de exponer invalida la Ley para embrutecer y anular todo lo que alguna vez se haya considerado en posesión de la autoridad moral divina en el mundo. En realidad, responde el Apóstol en una palabra, su efecto es precisamente el contrario: instituye ley.

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