Significado. El testimonio de la creación es universal y sin palabras articuladas, una predicación silenciosa que ningún oído deja de escuchar porque Dios la ha extendido sobre toda la tierra.

Contexto. El Salmo 19 es un cántico de David, rey y poeta de Israel, dirigido al músico principal. Pertenece a la colección de salmos sapienciales y se divide en dos movimientos: la revelación de Dios en la obra de sus manos (vv. 1-6) y la revelación en su Palabra escrita (vv. 7-14). David canta como creyente que contempla los cielos para luego inclinarse ante la ley perfecta del Señor, mostrando a su pueblo que el mismo Dios habla por dos vías.

Explicación. El versículo 3 declara, según la lectura tradicional, que «no hay lenguaje ni palabras, ni es oída su voz». David emplea una paradoja: los cielos del versículo anterior «proclaman» y «anuncian», pero esa proclamación carece de habla audible. El hebreo juega con los términos «ómer» (dicho) y «débarim» (palabras), negando que exista discurso verbal, y «qol» (voz) que no resuena en los oídos. La teología reformada distingue aquí la revelación general: por ella Dios manifiesta soberanamente su gloria y su poder eterno a toda criatura, dejando al hombre sin excusa (Romanos 1:20). Mas esta voz muda, aunque suficiente para condenar, no basta para salvar; por eso Calvino la llamaba un «teatro de la gloria» que requiere los anteojos de la Escritura. La gracia que regenera viene por la Palabra especial, no por el firmamento.

Referencias relacionadas. Romanos 1:19-20 enseña que lo invisible de Dios se percibe en lo creado; Romanos 10:17-18 cita este mismo salmo aplicándolo a la difusión del evangelio; Hechos 14:17 afirma que Dios no se dejó sin testimonio; y el Salmo 8:1 celebra la gloria divina sobre los cielos.

Aplicación práctica. Vivimos rodeados de un sermón perpetuo que muchos ignoran por dureza de corazón. El creyente reformado aprende a leer la creación con ojos de fe, glorificando al Dios soberano en cada amanecer, pero sin contentarse con ello: corre a la Escritura, donde la voz de Dios sí se oye con claridad salvadora. Esto nos impulsa a la misión, pues si la naturaleza basta para condenar, solo la predicación del evangelio basta para salvar a los elegidos.

Para reflexionar. ¿Estoy escuchando con gratitud la voz silenciosa de la creación y, al mismo tiempo, sometiéndome con humildad a la voz articulada de Dios en su Palabra?

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