Significado. No confíes en la opresión ni en el robo, y aunque las riquezas aumenten, no pongas el corazón en ellas, porque solo Dios es roca segura.

Contexto. El Salmo 62 es un salmo de David, dirigido «al músico principal; a Jedutún». Acosado por enemigos que buscaban derribarlo de su dignidad (v. 4), David escribe desde la presión, quizá durante la rebelión de Absalón. El destinatario inmediato es el pueblo del pacto, a quien exhorta a esperar «solamente en Dios» (vv. 1, 5). En el v. 10 amplía su consejo a toda la congregación: les advierte contra dos falsas seguridades, la fuerza ilícita y la abundancia material.

Explicación. David nombra tres ídolos del corazón. Primero, la «opresión» y el «robo»: la tentación de asegurar la vida mediante la violencia y la injusticia, propia de quienes han perdido de vista al Dios soberano que juzga. Segundo, las «riquezas» que «aumentan»; el verbo hebreo sugiere un crecimiento que fluye casi por sí solo, y precisamente por eso seduce. El mandato central es «no pongáis el corazón» en ellas; en la antropología reformada, el corazón es el centro de la confianza y del culto, de modo que aquí se ataca la raíz de la idolatría. La fe verdadera, obra de la gracia, traslada el peso del alma de lo creado al Creador. Calvino observa que el corazón humano es una fábrica de ídolos, y la riqueza es uno de los más sutiles, porque promete la estabilidad que solo pertenece a la roca eterna del v. 2.

Referencias relacionadas. El Señor confirma esta enseñanza al declarar que no se puede servir a Dios y a las riquezas (Mateo 6:24) y al advertir contra el atesorar para sí sin ser rico para con Dios (Lucas 12:21). Pablo exhorta a los ricos a no poner la esperanza en lo incierto sino en Dios (1 Timoteo 6:17). La fragilidad de lo terreno resuena en Proverbios 23:5 y Job 31:24-25, mientras que el Salmo 73 muestra el mismo combate de fe ante la prosperidad de los impíos.

Aplicación práctica. En una cultura que mide el valor por el saldo bancario y por el poder, este versículo pide un examen del corazón: ¿en qué descansa realmente mi seguridad? La prosperidad no es pecado, pero confiar en ella sí lo es. El creyente reformado, sabiendo que toda provisión viene de la mano soberana de Dios, recibe los bienes con gratitud y los abre con generosidad, sin atarse a ellos. Trabajamos con honradez, rechazamos toda ganancia injusta y mantenemos el corazón anclado en Cristo, nuestra herencia incorruptible.

Para reflexionar. Si Dios retirara mañana tus bienes y tu influencia, ¿quedaría intacta tu paz, o descubrirías que tu corazón descansaba en ellos y no en la roca de tu salvación?

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