La segunda carta a los corintios fue evidentemente el resultado de la primera. El apóstol abrió con la introducción habitual, poniendo énfasis en su apostolado por la voluntad de Dios, junto con el saludo de gracia. Escribió sobre un gran problema por el que había pasado y se regocijó en el consuelo que le había llegado y, más aún, en la capacidad de consolar a otros que le habían llegado de su experiencia.

Hablando de Dios como el "Dios de consuelo", dijo que la experiencia del consuelo divino en la aflicción nos permite consolar a otros. Con ternura reconoció la ayuda que le brindaban las oraciones de los corintios, hablando de su liberación como su regalo para él.

Es evidente que algunos en Corinto lo habían acusado de inconstancia de propósito en el sentido de que no había acudido a ellos como había insinuado que haría. Contra esta acusación ahora se reivindicó a sí mismo. Les dijo por qué no había acudido a ellos. Fue por amor a ellos; quería salvarlos y llamó a Dios como testigo. Sin embargo, inmediatamente el apóstol tiene cuidado de decir que no tenía señorío sobre la fe de ellos, que su único propósito era ministrar a su gozo, y que su posición estaba en la fe, no en nada que pudiera decir o hacer.

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