REFLEXIONES

¡BENDITO! Bendito por siempre, sea Dios Padre, por el don de su amado Hijo Jesucristo. ¡Bendito! Bendito por siempre, sea Dios Hijo, por esta misericordiosa revelación de sí mismo a su siervo Juan, para consolar e instruir a la Iglesia. Y bendito sea Dios Espíritu Santo, por hacer que un registro tan dulce y precioso, que se transmita a la Iglesia de generación en generación, de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo. ¡Señor! añade bendición a todos y da gracia a tu pueblo para que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Que sea la bienaventuranza y la felicidad de los redimidos del Señor, encontrar la gracia y la paz, según la bendición del Apóstol, de Él, que es, que era y que ha de venir. ¡Sí! que la Iglesia encuentre diariamente todas las bendiciones del Pacto, de Dios el Juez de todos, de Jesús el Mediador del Nuevo Pacto, y de la influencia del Espíritu Santo, en sus siete dones y gracias, que están ante el trono. ¡Oh! la misericordia inefable de Dios en Cristo. El que nos hizo reyes y sacerdotes para Dios y Padre, habiéndonos amado y lavado de nuestros pecados con su sangre.

¡Precioso Emmanuel! Tú, que bendijiste a Juan con tu presencia y le diste esas benditas revelaciones para que las entregara a tu Iglesia, condesciende a visitar a tu pueblo ahora. Tú eres todavía el Alfa y el Omega. Aún eres toda la bienaventuranza de tu Iglesia y de tu pueblo. ¡Señor! visita tus Iglesias. Ningún Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia o Laodicea, jamás te necesitó más que las iglesias profesantes de esta tierra, donde habitamos.

¡Oh! entonces, ven, Señor, y toma tu propia causa, no sea que nuestras iglesias, como las de Asia, que ya no existen, queden desoladas y sin habitantes. Si Jesús saldrá con su pueblo, si Dios el Espíritu ordenará ministros y andará arriba y abajo en medio de su pueblo; entonces tus siervos serán como estrellas a la diestra de Cristo, y su pueblo, como candeleros, resplandecientes con el óleo de la gracia, por Jesús que entra y sale entre ellos. ¡Oh! por un pequeño avivamiento en el día de hoy, para que el Señor no quite nuestro candelero de su lugar.

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