REFLEXIONES

¡LECTOR! deténgase en este capítulo y contemple en él una confirmación de todas las grandes y principales verdades de Dios. Toda la fuerza humana es como la fuerza de Egipto; de ninguna dependencia en la hora de necesidad: y, por tanto, toda confianza en ella, sin duda defraudará. ¡Oh! ¡Cuán enérgicamente, por tanto, este capítulo, y en verdad todas las Escrituras de Dios, proclaman a nuestros oídos: Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz; porque ¿en qué se le tendrá en cuenta?

¡Bendito Señor Jesús! deja que toda visión renovada de la nada del hombre, y de toda tu suficiencia, tienda cada vez más a hacerte querer en mi corazón. En verdad, Señor, veo que en vano se busca la salvación de los collados o de la multitud de los montes. Eres tú, y solo tú, oh Jehová, con tu sangre y tu justicia, que eres la salvación de Israel. Tú, bendito Jesús, como este capítulo lo establece bondadosamente, permíteme, en todo momento, pasar por alto todas las demás consideraciones, superar todos los temores y pasar a ti el fuerte dominio de todos tus redimidos.

En tu Sion, tu Iglesia, eres, y siempre serás, un muro de fuego alrededor; y el horno en Jerusalén, tanto para probar como para purificar a tu pueblo. ¡Señor! Purifica mi alma entre los hijos de Leví, y todas mis ofrendas pobres sean en ti y por ti, para que pueda ofrecer al Señor una ofrenda por tu justicia.

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