Significado. El temor reverente del Señor es el cimiento de toda verdadera sabiduría, porque conocer rectamente a Dios precede a vivir rectamente delante de Él.

Contexto. El Salmo 111 es un salmo acróstico de alabanza, posiblemente compuesto para el culto público de Israel tras el exilio. Su autor, anónimo, celebra las obras grandes y fieles del Señor en favor de su pueblo del pacto. El versículo 10 corona el poema: tras enumerar los hechos redentores y la fidelidad de Dios, el salmista concluye que la respuesta debida a tal Dios es el temor santo que engendra sabiduría.

Explicación. «El principio de la sabiduría es el temor del Señor» señala tanto el comienzo como el fundamento permanente del verdadero conocimiento. Este temor no es terror servil, sino reverencia filial que brota de contemplar la majestad y la gracia soberana de Dios. La frase «buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos» une indisolublemente el conocer y el obrar: la sabiduría reformada nunca es mera especulación, sino fe que se traduce en obediencia agradecida. Y «su loor permanece para siempre» dirige la mirada de la criatura de regreso a la gloria de Dios, fin último de toda sabiduría. Calvino veía aquí que el temor de Dios es don de su Espíritu, no logro autónomo del corazón caído.

Referencias relacionadas. Proverbios 1:7 y 9:10 repiten esta máxima fundacional; Job 28:28 la confirma. Eclesiastés 12:13 resume el deber del hombre en temer a Dios y guardar sus mandamientos. En Cristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría» (Colosenses 2:3), este temor halla su plenitud, pues conocerle a Él es vida eterna (Juan 17:3).

Aplicación práctica. En una época que exalta el conocimiento desligado de la reverencia, este versículo nos llama a buscar la sabiduría donde realmente nace: a los pies de Dios. No basta acumular doctrina; el creyente sabio es aquel cuyo corazón teme al Señor y cuyas manos guardan sus preceptos. Cultiva ese temor mediante la Palabra, la oración y el culto, sabiendo que la obediencia es fruto, no causa, de la gracia que ya te alcanzó.

Para reflexionar. ¿Buscas la sabiduría en tus propias capacidades, o la recibes humildemente del temor reverente de aquel cuyo loor permanece para siempre?

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