Significado. Cuando las aguas del sufrimiento parecen ahogar al creyente, no son olas del azar, sino «tus ondas y tus olas»: el dolor mismo pasa por las manos soberanas de Dios y se convierte en lugar de encuentro con él.

Contexto. El Salmo 42 abre el segundo libro del Salterio y se atribuye a «los hijos de Coré», linaje levítico encargado del canto en el templo. El salmista, lejos del santuario y aparentemente desterrado en la región del Jordán, junto al monte Hermón y la colina de Mizar, gime por la ausencia de la comunión con Dios. Su destino original eran los adoradores de Israel que, en medio del exilio, la enfermedad o la opresión de los enemigos, necesitaban aprender a esperar en el Señor cuando él parece callar.

Explicación. La imagen es la de cascadas que se llaman unas a otras: «un abismo llama a otro abismo» (tehom a tehom), evocando las aguas primordiales que solo Dios domina (Génesis 1:2). El término «abismo» señala un sufrimiento que excede al hombre y solo Dios mide. Nótese el pronombre posesivo: son «tus» ondas, «tus» olas. Para la teología reformada esto es decisivo: nada toca al elegido sino por decreto y permiso del Padre. El mal no escapa a su gobierno; lo aflictivo se ordena para bien (Romanos 8:28). Así el salmista no atribuye su tormenta a la suerte ciega ni a un dios derrotado, sino al Dios soberano que aun en el juicio guarda alianza con los suyos.

Referencias relacionadas. Las aguas de juicio que no anegan reaparecen en Isaías 43:2: «cuando pases por las aguas, yo estaré contigo». Jonás 2:3 cita casi literalmente este versículo desde el vientre del pez, y allí prefigura a Cristo (Mateo 12:40), quien soportó verdaderamente todas las olas de la ira divina en la cruz para que sobre nosotros pase ya solo el agua del amor paternal y de la disciplina santificadora (Hebreos 12:6).

Aplicación práctica. En la depresión, el duelo o la prueba prolongada, el creyente no debe leer el dolor como abandono. La fe confiesa que cada ola lleva el sello del Dios del pacto y que ninguna sobrepasa el límite fijado por su sabiduría. Predícate a ti mismo, como hace el salmista en los versículos vecinos: «¿por qué te abates, alma mía? Espera en Dios». Lleva la queja a la oración, no al cinismo, y descansa en que Cristo ya atravesó el abismo por ti.

Para reflexionar. ¿Reconoces en tu prueba presente las olas «de Dios» —ordenadas y limitadas por su soberanía— o las vives como un mar sin dueño que te abandona a la deriva?

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