El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que oís, no es mía, sino del Padre que me envió. El que no me ama, no guarda mis palabras. De ahí se sigue que toda obediencia que no brota del amor a Cristo no es a sus ojos obediencia en absoluto.

Y la palabra que oís no es mía, sino del Padre que me envió. (Ver la nota en.) Se observará que cuando Cristo se refiere a la autoridad de su Padre, no es hablando de los que le aman y guardan sus dichos, en su caso sería superfluo, sino hablando de los que no le aman y no guardan sus palabras. Sus dichos, a los que acusa de la doble culpa de deshonrar tanto al Eterno Remitente como al Enviado.

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