Romanos 8:1-39

1 Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús,

2 porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

3 Porque Dios hizo lo que era imposible para la ley, por cuanto ella era débil por la carne: Habiendo enviado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne

4 para que la justa exigencia de la ley fuese cumplida en nosotros que no andamos conforme a la carne sino conforme al Espíritu.

5 Porque los que viven conforme a la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu.

6 Porque la intención de la carne es muerte, pero la intención del Espíritu es vida y paz.

7 Pues la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco puede.

8 Así que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

9 Sin embargo, ustedes no viven según la carne sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en ustedes. Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.

10 Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, no obstante el espíritu vive a causa de la justicia.

11 Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en ustedes, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también les dará vida a sus cuerpos mortales mediante su Espíritu que mora en ustedes.

12 Así que, hermanos, somos deudores, pero no a la carne para que vivamos conforme a la carne.

13 Porque si viven conforme a la carne, han de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las prácticas de la carne, vivirán.

14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios.

15 Pues no recibieron el espíritu de esclavitud para estar otra vez bajo el temor sino que recibieron el espíritu de adopción como hijos, en el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”.

16 El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.

17 Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.

18 Porque considero que los padecimientos del tiempo presente no son dignos de comparar con la gloria que pronto nos ha de ser revelada.

19 Pues la creación aguarda con ardiente anhelo la manifestación de los hijos de Dios.

20 Porque la creación ha sido sujetada a la vanidad, no por su propia voluntad sino por causa de aquel que la sujetó, en esperanza

21 de que aun la creación misma será librada de la esclavitud de la corrupción para entrar a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

22 Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una sufre dolores de parto hasta ahora.

23 Y no solo la creación sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos aguardando la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo.

24 Porque fuimos salvos con esperanza; pero una esperanza que se ve no es esperanza, pues ¿quién sigue esperando lo que ya ve?.

25 Pero si esperamos lo que no vemos, con perseverancia lo aguardamos.

26 Y asimismo, también el Espíritu nos ayuda en nuestras debilidades; porque no sabemos cómo debiéramos orar pero el Espíritu mismo intercede con gemidos indecibles.

27 Y el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios.

28 Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que lo aman; esto es, a los que son llamados conforme a su propósito.

29 Sabemos que a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

30 Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó.

31 ¿Qué, pues, diremos frente a estas cosas? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

32 El que no eximió ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará gratuitamente también con él todas las cosas?

33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? El que justifica es Dios.

34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, es el que también resucitó; quien, además, está a la diestra de Dios, y quien también intercede por nosotros.

35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligros, o espada?

36 Como está escrito: Por tu causa somos muertos todo el tiempo; fuimos estimados como ovejas para el matadero.

37 Más bien, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.

38 Por lo cual estoy convencido de que ni la muerte ni la vida ni ángeles ni principados ni lo presente ni lo porvenir ni poderes

39 ni lo alto ni lo profundo ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro.

CAPITULO 8

CONCLUSION DE TODO EL ARGUMENTO—LA GLORIOSA PERFECCION DE LOS QUE ESTAN EN CRISTO JESUS. En este insuperable capítulo las varias corrientes del argumento anterior se encuentran y fluyen cual “río de agua de vida, claro como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero,” hasta que parece confundirse en el océano de una eternidad dichosa.

PRIMERO: La Santificación de los Creyentes (vv. 1-13).

1. Ahora pues, ninguna condenación hay …—La conjunción “pues” une este pasaje al contexto anterior inmediato. [Olshausen, Philippi, Meyer, Alford, etc.] El tema con que termina el capítulo 7 está aun bajo consideración. El objeto de los cuatro primeros versículos es el enseñar cómo “la ley del pecado y de la muerte” está privada de su poder de sujetar de nuevo a los creyentes en la servidumbre, y cómo la santa ley de Dios recibe de ellos el homenaje de una obediencia viviente. [Calvino, Fraser, Philippi, Meyer, Alford, etc.] para los que están en Cristo Jesús—Como Cristo, que “no conoció pecado,” fue, a todos los efectos legales, “hecho pecado por nosotros”, así somos nosotros, los que en él creemos, a todos los efectos legales, “hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21); y para los tales, hechos uno con Cristo en la cuenta divina. “NINGUNA CONDENACION HAY.” (comp. Juan 3:18; Juan 5:24; Romanos 5:18-19.) Pero éste no es un mero convenio legal; es una unión en vida, teniendo los creyentes, por la inmanencia del Espíritu de Cristo en ellos, una vida con él tan real, como la cabeza y los miembros del mismo cuerpo tienen una sola vida. los que no andan conforme a la carne mas conforme al espíritu—(La evidencia de los manuscritos parece indicar que esta frase no formaba parte del texto original de este versículo, sino que la primera parte (“los que andan conforme a la carne”) fué interpolada temprano, y la segunda parte (“mas conforme al espíritu”) fué tomada más tarde del v. 4, probablemente como un comentario explicativo, y para hacer más suave la transición al v. 2)

2. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado [refiriéndose al tiempo de su conversión, cuando primero creyó] de la ley del pecado y de la muerte—Es el Espíritu Santo el que aquí se llama el “Espíritu de vida,” como quien abre en el alma de los creyentes una fuente de vida espiritual (véase nota, Juan 7:38-39); así como también se le llama “el Espíritu de verdad,” el que “guía a toda la verdad” (Juan 16:13), y “el Espíritu de consejo y de fortaleza … de conocimiento y de temor de Jehová” (Isaías 11:2), como quien inspira estas cualidades. Se le llama “el Espíritu de vida en Cristo Jesús,” porque él hace su morada en los creyentes como miembros de Cristo, y en consecuencia de esto, ellos tienen vida juntamente con su Cabeza. Y como la palabra “ley” aquí tiene el mismo sentido como en el cap. 7:23, a saber, “un principio interno de acción, que opera con el acierto y regularidad de una ley,” así parece que “la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús” aquí significa “aquel nuevo principio de acción que el Espíritu de Cristo ha puesto dentro de nosotros: la ley de nuestro nuevo ser.” Esta nos liberta al tomar posesión de nuestro hombre interior, “de la ley del pecado y de la muerte,” esto es, del poder esclavizador de aquel principio corrupto que conduce a la muerte. El “fuerte armado” es derrotado por el “más fuerte que él;” el principio más débil queda destronado y expulsado por el más potente; el principio de la vida espiritual prevalece y pone en cautividad el principio de la muerte espiritual: “llevando cautiva a la cautividad” Si tal es lo que el apóstol quiere decir, el versículo completo significa que el triunfo de los creyentes sobre su corrupción interna, por el poder del Espíritu de Cristo en ellos, prueba que ellos están en Cristo Jesús, y como tales están absueltos de la condenación. Pero esto se explica en seguida más plenamente.

3, 4. Porque lo que era imposible a la ley—Versículo difícil y muy controvertido. Pero nos parece claro que lo que el apóstol tiene en su mente es la incapacidad de la ley para librarnos del dominio del pecado, como ya apareció en parte (véase nota, v. 2), y aparecerá luego con más claridad. La ley podía irritar nuestra naturaleza pecaminosa, para obrar de una manera más virulenta, como vimos en el cap. 7:5, pero no pudo lograr su propio cumplimiento. Cómo se realiza éste, ahora se demostrará. por cuanto era débil por la carne—Es decir, por cuanto tenía que dirigirse a nosotros por medio de una naturaleza corrompida, tan potente que no se dejaba influir por meros mandamientos y amenazas. Dios [hizo]—La oración es incompleta en su estructura, lo que origina cierta confusión. El sentido es, que mientras que la ley era impotente para lograr su propio cumplimiento por las razones dadas, Dios adoptó el método ahora a demostrarse para lograr dicho propósito. enviando a su [propio] Hijo—Esta y expresiones similares dan a entender que Cristo era Hijo de Dios antes que lo enviara: esto es, en su propia Persona, e independientemente de su misión y aparición en la carne (véase nota, cap. 8:32, Gálatas 4:4); y si así es, no sólo tiene la misma naturaleza de Dios, así como un hijo tiene la naturaleza del padre, sino que es esencialmente del Padre, aunque sea en un sentido demasiado misterioso para que lenguaje alguno nuestro lo defina debidamente (véase nota, cap. 1:4). Y esta relación peculiar se menciona aquí para encarecer la grandeza y definir la naturaleza de la liberación provista, como que venía desde más allá de los límites de la humanidad pecaminosa, y sin duda, de la misma Divinidad. en semejanza de carne de pecado—Una expresión notable y significativa. Fué hecho en la realidad de nuestra carne, pero sólo a semejanza de nuestra condición pecaminosa. El tomó nuestra naturaleza tal como está en nosotros, rodeada de enfermedades, sin nada que le distinguiese como hombre de entre los hombres pecadores, salvo el que era sin pecado. Ni significa que tomase nuestra naturaleza con todas sus propiedades menos una; porque el pecado no es propiedad de la humanidad, sino solamente el estado desordenado de nuestras almas por pertenecer a la familia caída de Adán; desorden que afecta y penetra toda nuestra naturaleza pero desorden solamente nuestro propio. y a causa del pecadolit., “acerca del pecado,” esto es, “en cuanto al pecado.” La expresión es a propósito una expresión general, porque el fin de este pasaje no es hablar de la misión de Cristo para expiar el pecado, sino en virtud de aquella propiciación, destruir el dominio del pecado y extirparlo del todo de los creyentes. Creemos errónea, pues, la lección marginal: “y por el sacrificio por el pecado” (sugerida por el lenguaje de la versión, y aprobada por Calvino y otros), porque tal sentido es demasiado determinativo, y hace más prominente la idea de la expiación de lo que realmente es. condenó al pecado—“Lo condenó a perder su dominio sobre los hombres.” [Beza, Bengel, Fraser, Meyer, Tholuck, Philippi, Alford.] En este glorioso sentido nuestro Señor dice de su muerte que se acercaba (Juan 12:31): “Ahora es el juicio de este mundo: ahora el príncipe de este mundo será echado fuera;” y otra vez (véase nota, Juan 16:11): “Cuando viniere (el Espíritu), redargüirá al mundo de … juicio, porque el príncipe de este mundo está juzgado;” esto es, condenado a dejar su dominio de los hombres, quienes por la cruz serán emancipados para gozar de libertad, para llegar a ser santos. en la carne;—es decir, en la naturaleza humana, libre de aquí en adelante del poder del pecado. Para que la justicia de la ley—“la demanda justa” [Versión Revisada], “los requisitos” [Alford], o “el precepto” de la ley, porque no es ésta precisamente la palabra comúnmente empleada en esta Epístola para expresar “la justicia que justifica” (caps. 1:17; 3:21; 4:5, 6; 5:17, 18, 21), sino otra forma de la misma raíz, que significaría la promulgación de la ley, y que aquí significa creemos, la obediencia práctica que la ley demanda. fuese cumplida en nosotros—o como decimos, “realizada en nosotros.” que no andamos—expresión antiquísima de la tendencia de la vida de uno, sea hacia el bien c hacia el mal (Génesis 48:15; Salmo 1:1; Isaías 2:5; Miqueas 4:5; Efesios 4:17; 1 Juan 1:6-7), conforme a [los dictados de] la carne, mas conforme al espíritu—Según el v. 9 parecería que lo que se quiso expresar aquí más inmediatamente por “el espíritu,” es nuestra propia mente renovada y motivada por el Espíritu Santo.

5. Porque los que viven conforme a la carne, [los que están bajo la influencia del principio carnal] de las cosas que son de la carne se ocupan—“sienten lo terreno” (Filipenses 3:19). Los hombres tienen que estar bajo la influencia o del uno o del otro de estos dos principios, y según el uno o el otro predomine, así será la inclinación de su vida, el carácter de sus acciones.

6. Porque—Esta es una mera partícula de transición aquí [Tholuck], como “pues bien,” “en efecto.” la intención de la carne—“la afición (v. 5, de la misma raíz) por lo carnal.” es muerte—No sólo resulta en la muerte [Alford], sino que ya es muerte; que lleva la muerte en su pecho, de modo que los tales están “muertos mientras viven” (1 Timoteo 5:6. Efesios 2:1, Efesios 2:5). [Philippi.] mas la intención del espíritu—“la afición a los fines espirituales. vida y paz—No “la vida” solamente, en contraste con la muerte, que es el fin de la otra afición, sino también “la paz;” es el elemento mismo del reposo más profundo y la dicha más verdadera del alma.

7. Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios—El deseo y el logro de los fines carnales son un estado de enemistad contra Dios, totalmente incompatible con la verdadera vida y paz en el alma. porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede—Es decir, en tal estado de mente no hay ni puede haber el más mínimo sometimiento a la ley de Dios. Se pueden hacer muchas cosas que la ley exige, pero nada se hace ni se puede hacer porque la ley de Dios lo requiera, ni sencillamente para agradar a Dios.

8. Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios—Viven bajo el gobierno de la carne, sin principios obedenciales, ni deseos de agradar a Dios.

9. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros—Esto no significa: “si la disposición o la mente de Dios mora en vosotros,” sino “si el Espíritu Santo mora en vosotros” (véase 1 Corintios 6:11, 1 Corintios 6:19; cap. 3:16, etc.). De aquí pues concluímos que el estar “en el espíritu” significa estar bajo el dominio de nuestra propia mente renovada; porque la inmanencia del Espíritu de Dios se da como evidencia de que nosotros estamos “en el espíritu.”) Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo—Otra vez, esto no significa “la disposición o la mente de Cristo,” sino el Espíritu Santo: aquí llamado “el Espíritu de Cristo,” así como se le llama “el Espíritu de vida en Cristo Jesús” (véase nota, v. 2). Es en su carácter de “Espíritu de Cristo” como el Espíritu Santo toma posesión de los creyentes, engendrando en ellos el espíritu o la disposición mansa y humilde que también le caracterizaba a él (Mateo 3:16; Juan 3:34). Así pues, si el corazón de alguno carece, no de tales disposiciones, sino del bendito Autor de las mismas, “el Espíritu de Cristo,” el tal no es de él—aunque esté intelectualmente convencido de la verdad del cristianismo, y en un sentido general influído por el espíritu de él. ¡Qué declaración tan aguda y tan solemne es ésta!

10, 11. Empero si Cristo está en vosotros—en su Espíritu inmanente, en virtud de lo cual tenemos una vida con él. el cuerpo a la verdad está muerto a causa [o “por razón”] del pecado; mas el espíritu vive a causa [o “por razón”] de la justicia—La frase “a la verdad” tiene la idea de conceder razón: “Es verdad que el cuerpo está muerto, y en consecuencia su redención está incompleta, pero …;” es decir, “Si Cristo está en vosotros por su Espíritu inmanente, aunque vuestros cuerpos tienen que pasar por la experiencia de la muerte como consecuencia del pecado del primer Adán, vuestro espíritu está henchido de “vida” nueva e inmortal, implantada por la “justicia” del segundo Adán.” [Tholuck, Meyer y Alford, en parte, pero sólo Hodge del todo.] Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros—Esto es, “Si mora en vosotros como el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo,” o “en todo el poder resurreccional que ejerció al levantar a Jesús.” el que levantó a Cristo Jesús de los muertos—Nótese el cambio de nombre: de Jesús, como el individuo histórico que Dios levantó de los muertos, a Cristo, el mismo individuo, considerado como el Señor y Cabeza de todos sus miembros, o sea, de la humanidad redimida. [Alford.] vivificará también [“aun”] vuestros cuerpos mortales por la [lección correcta parece ser “por razón de”] su Espíritu que mora en vosotros—Es decir, “Vuestro cuerpo a la verdad no está libre de la muerte que el pecado introdujo; pero vuestro espíritu aun ahora tiene en sí una vida inmortal. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, aun este cuerpo vuestro, aunque cede al último enemigo y su polvo vuelve al polvo de donde vino, aun ha de experimentar la misma resurrección como la de su Cabeza viviente, en virtud de la inmanencia en vosotros del mismo Espíritu que le vivificó a él.”

12, 13. Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne—Es decir, “En un tiempo estábamos vendidos a sujeción bajo el Pecado (cap. 7:14); pero ya que hemos sido libertados de aquel duro amo, y llegado a ser siervos (esclavos) de la Justicia (cap. 6:22), nada debemos a la carne, desconocemos sus injustas pretensiones y hacemos caso omiso de sus imperiosas demandas.” ¡Glorioso sentimiento! Porque si viviereis conforme a la carne, moriréis [en el sentido del cap. 6:21]; mas si por el espíritu mortificáis las obras de la carne [griego: “del cuerpo”] (Véase nota, cap. 7:23) viviréis [en el sentido del cap. 6:22]—El apóstol no se contenta sólo con asegurarles que no están bajo obligaciones algunas hacia la carne para escuchar sus sugestiones, sino que también les recuerda el resultado de ello si lo hacen; y emplea la palabra “mortificar” (matar) para hacer una especie de juego de palabras con el término “moriréis” que antecede: “Si vosotros no matáis al pecado, el pecado os matará a vosotros.” Pero esto lo templa con una alternativa halagüeña: “Si por el Espíritu mortificáis las obras del cuerpo, tal curso infaliblemente resultará en ‘vida’ eterna”. Y esto guía al apóstol a una línea nueva de pensamiento, que introduce su tema final: la “gloria” que espera al creyente justificado. Nota (1) “No puede haber seguridad, santidad o felicidad alguna, para los que no están en Cristo: ninguna seguridad, porque los tales están bajo la condenación de la ley (v. 1); ninguna santidad, porque sólo aquellos que están unidos a Cristo tienen el Espíritu de Cristo (v. 9); ninguna felicidad, porque la “mentalidad carnal es muerte” (v. 6). [Hodge.] (2) La santificación de los creyentes, por cuanto tiene toda su base en la muerte expiatoria, así también tiene su fuente viviente en la inmanencia del Espíritu de Cristo (vv. 2-4). (3) “La inclinación de los pensamientos, afectos, y ocupaciones es la única prueba decisiva del carácter (v. 5)” [Hodge.] (4) Ningún refinamiento de la mente carnal la hará espiritual, ni compensa por la falta de la espiritualidad. “La carne” y “el espíritu” son esencial e inmutablemente contrarios; así pues la mente carnal, como tal, no puede sujetarse a la ley de Dios (vv. 5-7). Por tanto (5), el alejamiento de Dios y del pecador es mutuo, porque la condición de la mente del pecador es “enemistad contra Dios” (v. 7), y así esta condición “no puede agradar a Dios” (v. 8). (6) Puesto que el Espíritu Santo se llama indistintamente, a la vez, “el Espíritu de Dios,” “el Espíritu de Cristo,” y “Cristo” mismo (como una vida inmanente en los creyentes), la unidad esencial y, con todo, la distinción personal del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en una sola adorable Divinidad, debe ser creída, como la única explicación consecuente de tal lenguaje (vv. 9-11). (7) La conciencia de la vida espiritual en nuestra alma renovada es una gloriosa garantía de la vida resurreccional del cuerpo también, en virtud del mismo Espíritu vivificador que ya mora en nosotros (v. 11). (8) Sea cual fuere la profesión de vida religiosa que los hombres hagan, consta eternamente que “si vivimos conforme a la carne, moriremos,” y solamente “si por el Espíritu mortificamos las obras del cuerpo, viviremos” (v. 13, y comp. Gálatas 6:7-8; Efesios 5:6; Filipenses 3:18-19; 1 Juan 3:7-8).

SEGUNDO: La filiación de los Creyentes—Su herencia futura—La Intercesión del Espíritu a su favor (vv. 14-27).

14. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, etc.—Hasta aquí el apóstol ha hablado del Espíritu sencillamente como un poder por medio del cual los creyentes mortifican el pecado; ahora habla de él como benéfico y amoroso Guía, cuya “dirección”—gozada por todos aquellos en los que está el Espíritu del amado Hijo de Dios—enseña que ellos son también “hijos de Dios.”

15. Porque no habéis recibido [al tiempo de vuestra conversión] el espíritu de servidumbre—Esto es, “el espíritu que recibisteis no era espíritu de servidumbre.” para estar otra vez en temor—como lo estabais bajo la ley, la cual “obra ira;” es decir, “Tal era vuestra condición antes de que hubieseis creído, viviendo en servidumbre legal, acosados de constantes presentimientos bajo el sentido de pecado no perdonado. Pero no para perpetuar dicha condición desdichada recibisteis al Espíritu.” mas habéis recibido [“recibisteis”] el espíritu de adopción, por [“en”] el cual clamamos, Abba, Padre—La palabra “clamamos” es enfática, y expresa la espontaneidad, la fuerza, y la exuberancia de las emociones filiales. En Gálatas 4:6 se dice que el clamor procede del Espíritu en nosotros, y da origen a la exclamación filial en nuestros corazones: Aquí, se dice que procede de nuestros corazones bajo la energía vitalizadora del Espíritu, como el mismo elemento de la vida nueva en los creyentes (comp. Mateo 10:19-20; y nota, v. 4). “Abba” es el vocablo sirocaldaico por “Padre;” y se agrega la correspondiente palabra griega, no por cierto para decir al lector que ambas significan la misma cosa, sino por la misma razón que motivó las dos palabras en los labios de Cristo mismo durante su agonía en el huerto (Marco 14:36). A él le gustaba, sin duda, pronunciar el nombre de su Padre en las dos formas usuales, dando primero la de su amada lengua materna, y luego la que había aprendido. En este sentido, el uso de ambos vocablos aquí tiene sencillez y fervor encantadores.

16. Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios—Nuestro propio espíritu da testimonio de su filiación consciente al clamar “Abba, Padre;” pero no estamos solos en eso, puesto que el Espíritu Santo dentro de nosotros, aun en aquel clamor que a él le toca evocar, pone su sello preciso añadiéndolo al nuestro; y de este modo, “en la boca de dos testigos consta toda palabra”. El apóstol ya nos había llamado “hijos de Dios,” refiriéndose a nuestra adopción; aquí el vocablo cambia y podría traducirse por “niños,” o “hijitos,” con referencia a nuestro nuevo nacimiento. El término antes usado expresa la dignidad de hijos a la que fuimos admitidos; éste último expresa la nueva vida que recibimos. Este se adapta mejor aquí, porque un hijo por la adopción puede ser que no sea heredero de la propiedad, mientras que un hijo nacido ciertamente lo es, y a esta idea ahora llega el apóstol.

17. Y si hijos [“nacidos”], también herederos; herederos de Dios—del reino de nuestro Padre—y coherederos de Cristo—“el primogénito de entre muchos hermanos” (v. 29), y “el heredero de todas las cosas”. si empero padecemos [“siempre que padezcamos”] juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados—Esta necesidad de conformarnos a soportar el padecimiento que sufrió Cristo a fin de participar en su gloria, la enseña Cristo mismo así como sus apóstoles (Juan 12:24-26; Mateo 16:24-25; 2 Timoteo 2:12).

18. Porque tengo por cierto [“juzgo”, o “considero”] que lo que en este tiempo se padece, no es [digno] de comparar con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada—Es decir: “Verdad es que debemos padecer con Cristo, si queremos participar de su gloria; pero ¿qué importa? Pues si se comparan tales padecimientos con la gloria venidera, llegan a ser insignificantes.

19-22. Porque—“El apóstol, enardecido por el pensamiento de la futura gloria de los santos, pronuncia este espléndido pasaje en el que representa a toda la creación como gime bajo la presente degradación, esperando y anhelando la revelación de esta gloria que es el fin y la consumación de su existencia”. [Hodge.] el continuo anhelar [comp, Filipenses 1:20] de las criaturas [más bien, “de la creación”] espera la manifestación [“aguarda la revelación”] de los hijos de Dios—Esto es, “la redención de sus cuerpos” de la tumba (v. 23), la que revelará su filiación, ahora encubierta (véase Lucas 20:36; Apocalipsis 21:7). Porque las criaturas [“la creación”] sujetas fueron a vanidad, no de grado—Es decir, no por ningún principio natural de decadencia. El apóstol, personificando la creación, la representa como solamente sometiéndose a la vanidad con la que fué herida, por cuenta del hombre, en obediencia a aquel poder superior que misteriosamente había ligado el destino de ella, es decir, de la vanidad, con el del hombre. Y por eso agrega: mas por causa del que las [“la”] sujetó con esperanza [“en la esperanza de”] que también las mismas criaturas [“la creación misma”] serán libradas de la servidumbre de corrupción [su servidumbre al principio de la corrupción] en la libertad gloriosa [“libertad de la gloria”] de los hijos de Dios—Es decir, la creación misma será, en un sentido glorioso, librada para gozar de aquella libertad sobre la debilidad y la corrupción en la que los hijos de Dios, resucitados en gloria, se espaciarán. [Así opinan Calvino, Beza, Bengel, Tholuck, Olshausen, De Wette, Meyer, Philippi, Hodge, Alford, etc.] Si sólo por causa del hombre la tierra fue maldecida, no puede sorprendernos el que debiera ella participar en la redención de él. Si así es, el representarla como compadeciéndose de las miserias del hombre, y anhelando la completa redención de él para lograr su propia emancipación de su actual condición manchada por el pecado, es un pensamiento hermoso que está en armonía con la enseñanza general de las Escrituras al respecto. (Véase nota, 2 Pedro 3:13).

23. Y no sólo ellas [“ella”], mas también nosotros mismos—[esto es, además de la creación inanimada], que tenemos las primicias del Espíritu—o “al Espíritu por primicias” de nuestra plena redención (comp. 2 Corintios 1:22), el cual amolda el corazón a la norma celestial, atemperándolo para su futuro medio ambiente. nosotros también—aun nosotros mismos, aunque ya tenemos una parte del cielo en nosotros. gemimos dentro de nosotros mismos—bajo el peso de este “cuerpo de pecado y de muerte”, y bajo la múltiple “vanidad y vejación de espíritu” que están escritas en todo objeto y en toda ocupación y en todo goce debajo del sol. esperando [la manifestación de] la adopción, es a saber, la redención de nuestro cuerpo—del sepulcro: “no (obsérvese) la liberación de nosotros del cuerpo, sino la redención del cuerpo mismo del sepulcro”. [Bengel.]

24. Porque en esperanza somos salvos [“fuimos salvados”]—esto es, es más bien una salvación en esperanza que una salvación de la cual ya se ha tomado posesión. mas la esperanza que se ve, no es esperanza—porque el sentido de la misma palabra es: la expectativa de que algo aun futuro se convertirá en presente. porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo?—Cuando llega lo esperado, ya no se espera más.

25. Empero si lo que no vemos esperamos, [entonces] por paciencia esperamos—Así pues, nuestra actitud debe ser el aguardarlo con paciencia.

26, 27. Y asimismo también el Espíritu—o bien: “Pero de la misma manera el Espíritu” ayuda nuestra flaqueza—No sólo la que se especifica (la de no saber orar), sino la debilidad general de la vida espiritual en su presente estado, de la que se da un ejemplo: porque qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos—No es que los creyentes se confundan con respecto a lo que deben pedir, ya que se les han dado indicaciones extensas sobre este particular; sino lo difícil que es pedir lo que conviene “como se debe”, Esta dificultad surge en parte a causa de lo oscuro de nuestra visión espiritual en nuestra condición velada actual, mientras tengamos que “andar por fe, no por vista” (véanse notas, 1 Corintios 13:9; 2 Corintios 5:7), y en parte, por la gran mezcla de ideas y sentimientos que se origina al reconocer que lo que se aprecia con los sentidos es algo pasajero, la cual aún existe en nuestra naturaleza renovada y en nuestros mejores conceptos y afectos; parcialmente también por la inevitable imperfección que hay en el lenguaje humano para expresar los más sutiles sentimientos del corazón. En tales circunstancias, ¿cómo es posible que no haya mucha incertidumbre en nuestros ejercicios espirituales, y que, en nuestra mejor comprensión de nuestro Padre celestial y en las fervientes oraciones de nuestros corazones a él, no nazcan dudas en nosotros de si nuestra actitud mental en tales ejercicios sea del todo provechosa para nosotros y agradable a Dios? Tampoco menguan estas preocupaciones, antes se agrandan, con la profundidad y la madurez de nuestra experiencia espiritual. sino que el mismo Espíritu pide [“intercede”] por nosotros con gemidos indecibles [es decir, que no se pueden expresar en lenguaje articulado]—¡Qué ideas tan sublimes y conmovedoras hallamos en este pasaje! La idea es que “mientras luchamos por expresar en palabras los deseos de nuestro corazón y hallamos que nuestras emociones más profundas son lo más inexpresables, “gemimos” bajo esta sentida incapacidad. Pero no en vano son estos gemidos, pues “el Espíritu mismo” está en ellos, dando a las emociones que él mismo ha encendido el solo lenguaje de que son capaces. Así que, aunque los gemidos emitidos de nuestra parte son el fruto de la impotencia para expresar lo que sentimos, son al mismo tiempo la intercesión del Espíritu mismo a nuestro favor. Mas [por inarticulados que sean estos gemidos] el que escudriña los corazones, sabe cuál es el intento del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios, demanda [“intercede”] por los santos—Dios, el Escudriñador de corazones, mira las emociones que surgen dentro de ellos al dirigirse a él en oración, y sabe perfectamente lo que el Espíritu quiere decir con los gemidos que él evoca en nuestro interior, porque el bendito Intercesor pide para ellos sólo lo que Dios se propone impartirnos. Nota (1) ¿Son los creyentes “guiados por el Espíritu de Dios” (v. 14)? ¡Cuán cuidadosos debieran ser para no “contristar al Espíritu Santo de Dios” (Efesios 4:30)! Véase Salmo 32:8-9 : “Te guiaré con mis ojos; no seas (pues) como el caballo o como el mulo …” (2) “El espíritu de servidumbre,” al que muchos protestantes están “por toda la vida sujetos,” y la incierta fe que la iglesia papista sistemáticamente inculca, son aquí reprochados, pues están en directo y penoso contraste con aquel “espíritu de adopción,” y aquel testimonio del Espíritu, juntamente con el nuestro, de la verdad de nuestra adopción, de la cual, según se dice aquí, los hijos de Dios, como tales, gozan (vv. 15, 16). (3) Como el padecimiento con Cristo es la preparación que tendremos para poder participar en esta gloria, la insignificancia de dicho padecimiento comparado con la felicidad eterna, no puede sino aliviar el sentido del mismo por penoso y prolongado que fuere (17, 18). (4) El corazón de todo cristiano inteligente no puede sino ensancharse al pensar en que, si la naturaleza externa ha sido misteriorsamente afectada para mal por la caída del hombre, sólo espera su completo restablecimiento con la resurrección, para experimentar una correspondiente emancipación de la nefasta condición de ella a fin de gozar de una vida inmarcesible y poseer una hermosura que no se marchita (vv. 19-23). (5) No es cuando los creyentes, “apagando al Espíritu” con sus pecados, tienen menos y más oscuros vistazos del cielo, cuando gimen más fervorosamente por estar allá; antes, al contrario, cuando por la libre operación del Espíritu en el corazón de ellos, las “primicias” reveladas son gustadas más amplia y frecuentemente, entonces, y precisamente por esa razón, “gimen dentro de sí” por alcanzar la plena redención (v. 23). Porque razonan de esta manera: Si así son las gotas, ¿cómo será el océano? Si es tan dulce “mirar por un espejo oscuramente”, ¿que será el mirar “cara a cara”? Si cuando “mi Amado está tras la pared, mirando por la ventana, asomándose por la celocía” (Cantares de los Cantares 2:9)—aquel fino velo que separa lo visible de lo invisible—si aun así me parece “más hermoso que los hijos de los hombres,” ¿cuál no será, cuando aparezca ante mi visión inofuscable como el unigénito del Padre, en mi propia naturaleza, y cuando yo sea como él es, pues le veré tal cual es? (6) La “paciencia de la esperanza” (1 Tesalonicenses 1:3) es la debida actitud de los que tienen el conocimiento de que ya están “salvos” (2 Timoteo 1:9; Tito 3:5), pero que, con todo, tienen también el penoso conocimiento de que no lo son sino en parte; o “que siendo justificados por la gracia de él son hechos (en el presente estado) herederos conforme a la esperanza (solamente) de la vida eterna”. Tito 3:7 (vv. 24, 25); (7) Como la oración es la respiración de la vida espiritual, y el único alivio eficiente del creyente, quien aún tiene adherida a sí la “flaqueza” en toda su condición terrenal, ¡cuán animador es que se nos asegure que el bendito Espíritu, conocedor de toda ella, acude en nuestro socorro; y en particular, cuando los creyentes, impotentes para articular su caso delante de Dios, no pueden a veces hacer otra cosa sino quedarse “gimiendo” ante el Señor, qué consolador es saber que estos gemidos inarticulados son el vehículo mismo del Espíritu para poner “en los oídos del Señor de Sabaot nuestra causa completa, y ascienden ante el que escucha las oraciones como la misma intercesión del Espíritu a nuestro favor, y que son reconocidos por el que está sentado en el trono precisamente como la misma expresión de lo que su propia “voluntad” predeterminó impartirles (vv. 26, 27)! (8) ¡Qué revelación nos dan estos dos versículos (26, 27) de las relaciones existentes entre las Personas Divinas en la dispensación de la gracia, y de la armonía que hay entre sus respectivas operaciones en el caso de cada uno de los redimidos!

TERCERO: Triunfante resumen de todo el argumento (vv. 28-39). Y—o “además;” partícula ilativa. sabemos, etc …—El orden aquí, como en el original es muy llamativo: “Sabemos que a los que a Dios aman (comp. 1 Corintios 2:9; Efesios 6:24; Santiago 1:12; Santiago 2:5) todas las cosas cooperan para bien, (es a saber) a los que son llamados conforme al propósito (eterno suyo).” ¡Gloriosa seguridad! Y ésta parece que era “una expresión familiar” cosa “conocida” entre los creyentes. Para ellos es asunto muy natural que todas las cosas obran para el bien de “los que a Dios aman,” porque tales almas, estando ciertas de que aquel que dió a su propio Hijo por ellos no puede más que procurarles el bien en todo lo que él haga, aprenden así a recibir de él todo lo que él les envíe, por más penoso que fuere: y a los que son llamados, conforme al “propósito de él,” todas las cosas en alguna forma inteligible “obran juntas para bien;” porque, aun cuando “él haya pasado por el torbellino,” “el interior de su carroza está enlosado de amor” (Cantares de los Cantares 3:10). Y sabiendo que es en el cumplimiento de un “propósito” eterno de amor por lo que han sido “llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo” (1 Corintios 1:9), naturalmente dicen para sus adentros: “No puede ser que aquel de quien, y por quien, y para quien son todas las cosas, permita que dicho propósito sea frustrado por cosa alguna que nos sea contraria, y que no haga que todas las cosas, las obscuras como las claras, las torcidas como las derechas, cooperen para el adelanto y para la final consumación de su alto designio”.

29. Porque—[con respecto a este llamamiento “conforme al propósito”] a los que antes conoció, también [los] predestinó [preordenó]—¿En qué sentido hemos de entender aquí la expresión “a los que antes conoció” (o pre-conoció)? “A los que él sabía anteriormente que se arrepentirían,” contestan los pelagianos, de toda edad y de toda raza. Pero esto es incluir en el texto lo que es contrario a todo el espíritu, y aun a la letra de la enseñanza del apóstol (véase cap. 9:11; 2 Timoteo 1:9). En el cap. 11:2 y en el Salmo 1:6, el “conocimiento” de Dios de su pueblo no puede ser restringido a la mera previsión de eventos futuros, ni al conocimiento de lo que está pasando acá abajo. ¿Significan la misma cosa “los que antes conoció,” y “los que predestinó”? Apenas lo podemos creer, porque se mencionan las dos cosas, “presciencia,” y “predestinación,” y la una es la causa de la otra. Es difícil por cierto a nuestras limitadas mentes clasificarlas como estados de la mente divina con respecto a los hombres; especialmente por cuanto en Hechos 2:23 “el consejo” de Dios se coloca antes de su “providencia” (en griego: “prognosis,” es decir, presciencia), mientras que en 1 Pedro 1:2 se dice que la “elección” es “según la presciencia de Dios.” Pero probablemente la presciencia de Dios con referencia a su pueblo significa su peculiar complacencia en ellos, llena de gracia, mientras que la “preordenación,” o “predestinación” de ellos significa el propósito firme de Dios como consecuencia de aquella complacencia, de “salvarlos y llamarlos con vocación santa” (2 Timoteo 1:9). para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo—Es decir, para que fuesen hechos hijos suyos conforme al molde, modelo, o imagen, de su Hijo al tomar nuestra naturaleza. para que él sea el primogénito entre muchos hermanos—“El Primogénito, el Hijo de Dios según las leyes naturales; sus “muchos hermanos,” hijos por adopción. El, al tomar la humanidad del Unigénito del Padre, llevó nuestros pecados sobre el maldito árbol; ellos al poseer la humanidad de meros hombres, estaban a punto de perecer a causa del pecado, pero fueron redimidos de la condenación y de la ira, y transformados a la semejanza de él. El es “el Primogénito de entre los muertos;” ellos, los que duermen en Jesús, serán en su debido tiempo “traídos a él.” “El Primogénito,” ahora es “coronado de gloria y honra;” sus “muchos hermanos,” cuando él aparezca, “serán como él es, porque le verán tal cual es.”

30. Y—o “Ahora bien,” como una explicación del versículo anterior: es decir, al predestinarnos para ser “hechos conformes a la semejanza de su Hijo” en la gloria final, él dispuso todos los pasos sucesivos para su realización. Así que—a los que predestinó, a éstos también llamó—El vocablo “llamó” (como Hodge y otros con acierto observan) nunca se aplica en las epístolas del Nuevo Testamento solamente a la invitación externa del Evangelio (como en Mateo 20:16; Mateo 22:14). Siempre tiene el sentido de “llamar interna, eficiente, y salvadoramente.” Denota el primer gran paso de la salvación personal, y corresponde a la “conversión.” Solamente que la palabra conversión expresa el carácter del cambio que tiene lugar, mientras que esta “vocación” expresa el origen divino del cambio, así como el soberano poder por el cual somos llamados—como Mateo y como Zaqueo—fuera de nuestra antigua condición nefasta de perdidos a una nueva vida segura de bienaventuranza. y a los que [así] llamó, a éstos también justificó—[introdujo al estado definido de reconciliación ya tan detalladamente descrito], y a los que justificó, a éstos también glorificó—Es decir, llevó a la gloria final (vv. 17. 18). ¡Qué noble culminación, y cuán poéticamente es expresada! Y todo esto se contempla como algo que ya ha pasado: porque, comenzando desde el decreto pretérito de la “predestinación de ser hechos conformes a la imagen del Hijo de Dios,” de la que los demás pasos no son sino desenvolvimientos sucesivos: todo se contempla como una sola salvación completa, eternamente perfeccionada.

31. ¿Pues qué diremos a esto?—Es decir: “No podemos seguir, ni pensar, ni desear más.” [Bengel.] Todo este pasaje, hasta el v. 34, y aun hasta el fin del capítulo, impresiona a todos los intérpretes y lectores reflexivos como trascendiendo casi a todo lo que hay en el lenguaje humano, mientras que Olshausen observa el carácter “profundo y colosal” del pensamiento. Si Dios por nosotros, ¿quién contra nosotros?—Si Dios está resuelto y ocupado en llevarnos hasta alcanzar la meta, todos nuestros enemigos deben ser enemigos suyos, y “¿quién pondrá espinos y abrojos en batalla contra él?” (Isaías 27:4). ¡Qué consuelo más eficaz hallamos aquí! Y no sólo esto: también la gran promesa ya está dada; pues,

32. El que—más bien: “seguramente que el que …” (Es una lástima perder de vista la partícula enfática—“ge”—del original.) aun a su propio Hijo no perdonó—“no se reservó,” o “no retuvo.” Esta expresiva frase, así como todo el pensamiento, es sugerida por Génesis 22:12, donde el conmovedor encomio que hace Jehová a la conducta de Abrahán respecto a su hijo Isaac, parece que se usa aquí para dar un vistazo al carácter de su propio acto al entregar a su mismo Hijo. “Toma ahora (dijo el Señor a Abrahán) a tu hijo, tu único … a quien amas” (Génesis 22:2); y sólo cuando Abrahán hubo hecho todo, menos consumar aquel gran acto de abnegación, el Señor se interpuso, diciendo: “Ya conozco que temes a Dios, pues que no me has rehusado tu hijo, tu único.” A la luz de este incidente y de este lenguaje, nuestro apóstol no se propone expresar cosa menor que esto: que Dios, al “no reservarse a su propio Hijo, sino entregarlo,” consumó, en su carácter paternal, un misterioso acto de abnegación que, aunque no envolvía nada del dolor ni nada de la pérdida que son inseparables de la misma idea de abnegación de nuestra parte, no fué menos real, sino, al contrario, tanto trascendió a todos los actos nuestros como trasciende su naturaleza a la de la criatura. Pero esto es inconcebible si Cristo es “el mismo Hijo” de Dios, partícipe de la naturaleza misma de Dios, tan verdaderamente como Isaac lo era de la de Abrahán su padre. En este sentido, por cierto, los judíos acusaron a nuestro Señor de hacerse “igual a Dios” (véase nota, Juan 5:18), lo cual él respondiendo luego se puso, no a desmentir, sino a ilustrar y a confirmar. Compréndase así, pues, la filiación de Cristo para con Dios, y el lenguaje de la Escritura tocante a ella será inteligible y armonioso; pero interprétese esta filiación en el sentido de una relación artificial, la que se le atribuya ya sea en virtud de su nacimiento milagroso, o de su resurrección de los muertos, o de la grandeza de sus obras, o de todo esto en conjunto, y los pasajes que de ella hablan ni se explican ni armonizan unos con otros. antes le entregó—no a la muerte meramente (como muchos entienden), pues eso sería una idea demasiado limitada, sino que “le entregó” en el sentido más completo; comp. Juan 3:16 : “Dios amó al mundo de tal manera que DIO a su unigénito Hijo.” por todos nosotros—Esto es, por todos los creyentes por igual; así lo entienden casi todos los intérpretes buenos. ¿cómo [es posible pensar que] no nos dará también con él todas las cosas?—Pues que todos los demás dones son de valor incomensurablemente inferior a este Don de los dones, y en él están virtualmente incluídos.

33, 34. ¿Quién acusará a [presentará acusación alguna contra] los escogidos de Dios? etc.—Esta es la primera vez en esta Epístola que a los creyentes se les llama “los escogidos” (“electos”). El sentido en que se entiende aquí este término aparecerá en el capítulo siguiente. Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó—para confirmar los propósitos de su muerte. Aquí, como en otros casos, el apóstol con gusto se corrige (véase Gálatas 4:9, y nota cap. 1:12), no queriendo decir que la resurrección de Cristo fuese de más valor salvador que su muerte, sino que “habiendo él quitado el pecado con el sacrificio de sí mismo”—el que nos es precioso a nosotros, pero fué de indecible amargura para él—era incomparablemente más placentero pensar que ya vivía de nuevo, y que vivía para ver la eficacia de su muerte en nuestro provecho. quien además está a la diestra de Dios—La diestra del rey era antiguamente el puesto de honor (comp. 1 Samuel 20:25; 1 Reyes 2:19; Salmo 45:9), y significaba participación en el poder y gloria reales (Mateo 20:21). La literatura clásica tiene alusiones similares. Conformemente, el que Cristo esté sentado a la diestra de Dios (que fué predicho en el Salmo 110:1 y fué aludido históricamente en Marco 16:19; Hechos 2:33; Hechos 7:56; Efesios 1:20; Colosenses 3:1; 1 Pedro 3:22; Apocalipsis 3:21), significa la gloria del ensalzado Hijo del hombre, y el poder en la gobernación del mundo, en la que él participa. Por eso es que se dice “sentado a la diestra de la potencia” (Mateo 26:64), y “sentado a la diestra de la majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). [Philippi.] el que también intercede por nosotros—usando de su ilímite influencia ante Dios a nuestro favor. Esto es el cenit del clímax. “El estar sentado a la diestra de Dios denota su poder para salvarnos; su intercesión indica su voluntad para hacerlo”. [Bengel.] Pero ¿cómo hemos de entender esta intercesión? Por cierto no como quien suplica “hincado de rodillas, con los brazos extendidos,” para usar la expresión de Calvino. Ni tampoco es una mera intimación figurativa de que el poder de la redención esté en acción continuamente [Tholuck], ni simplemente para demostrar el fervor y la vehemencia de su amor por nosotros. [Crisóstomo.] No se puede creer que signifique menos que esto: que el glorificado Redentor, consciente de sus derechos, expresamente manifiesta su voluntad de que la eficacia de su muerte cumpla su absoluto propósito, y la pronuncia en algún estilo real tal como el que le vemos emplear en aquella maravillosa oración de intercesión cuando hablaba como si fuera de dentro del velo (véase nota, Juan 17:11-12): “Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo, donde yo estoy” (véase nota, Juan 17:24). Pero en qué forma esta voluntad se expresa es indiscernible así como de poca importancia.

35. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo?—Esto no significa “de nuestro amor por Cristo,” como si dijese el apóstol, “¿quién nos impedirá amar a Cristo?, sino “del amor de Cristo por nosotros,” como está claro en las palabras concluyentes del capítulo, las que se refieren al mismo tema. Ni armonizaría el otro sentido con el tenor de todo el capítulo, el que es para exhibir la amplia base de la confianza del creyente en Cristo. “No es ninguna base de confianza el afirmar, ni aun el sentir, que nunca jamás abandonaremos a Cristo; antes la roca más firme de nuestra seguridad es el convencimiento de que su amor nunca cambiará.” [Hodge] tribulación? etc.—Vale decir que “ninguna de estas cosas, ni todas ellas en conjunto, por más terribles que sean a la carne, son señales de la ira de Dios, ni son motivo alguno para dudar de su amor.” ¿De quién mejor vendría tal pregunta que de uno mismo que había soportado tanto por amor a Cristo? (Véase 2 Corintios 11:11-33; 1 Corintios 4:10-13.) El apóstol no dice (observa Clavino) “¿qué?” sino “¿quién nos apartará?”, como si todas las criaturas y todas las aflicciones fuesen gladiadores armados en contra de los cristianos. [Tholuck.] Como está escrito: Por causa … etc.—Aquí se cita el Salmo 44:22 como descriptivo de lo que los cristianos pueden esperar de parte de sus enemigos en cualquier período, cuando se despierte el odio a la justicia y no haya nada que lo impida (véase Gálatas 4:29).

37. Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de aquel que nos amó—Esto no significa que “estemos tan lejos de ser vencidos por ellas, que en vez de hacernos daño nos hagan bien” [Hodge]; porque aunque sea verdad esto, la palabra significa sencillamente: “vencemos, o somos vencedores preeminentemente.” Véase nota, cap. 5:20. Y tan lejos están ellas de “separarnos del amor de Cristo”, que justamente “por medio de aquel que nos amó” somos victoriosos sobre ellas.

38, 39. Por lo cual estoy cierto [“persuadido”] que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades—sean buenos o malos. Pero como no se llama malos a “los ángeles,” ni a “los principados, ni a las potestades,” salvo con algún calificativo que especifique tal sentido (Mateo 25:41; Colosenses 2:15; Efesios 6:12; 2 Pedro 2:4—con excepción acaso de 1 Corintios 6:3), probablemente se entiende aquí “los buenos,” pero solamente en el sentido, como el apóstol supone, de que un ángel del cielo predicase un evangelio falso. (Así opinan los mejores intérpretes.) ni lo presente, ni lo porvenir—Es decir, ninguna condición de la vida presente, ni cosa alguna de las posibilidades incógnitas de la vida venidera. ni ninguna criatura [más bien, “cosa creada,” es decir cosa alguna de todo el universo creado de Dios] nos podrá apartar—“Todos los términos aquí han de ser entendidos en su sentido más general, y no necesitan de definición más completa. Las expresiones indefinidas tienen por fin denotar todo lo que se puede pensar de la totalidad, y no son sino paráfrasis de dicho concepto.” [Olshausen.] del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro—De esta manera pues este maravilloso capítulo con que concluye en forma debida el argumento de la Epístola, nos deja a los que somos“justificados por la fe”, en los brazos del eterno Amor, de donde ningún poder hostil ni evento concebible alguno jamás nos podrá arrancar. “He aquí ¿qué suerte de amor es éste?” Y, ¿“cómo deberíamos ser” los que así somos “bendecidos de toda bendición espiritual en Cristo”?—Nótese (1) Hay una gloriosa compatibilidad entre los eternos propósitos de Dios y el libre albedrío de los hombres, aunque el eslabón de enlace está más allá de la comprensión humana (v. 28). (2) ¡Cuán ennoblecedor el pensamiento de que los complicados movimientos del gobierno divino están todos coordinados expresamente para procurar el “bien” de los elegidos de Dios (v. 28) ! (3) En cuanto al grado a que serán elevados al fin los creyentes para ser hechos conformes al Hijo de Dios en dignidad y en gloria será el gozo de cada uno de ellos el que, como es lo más propio, “en todas las cosas tenga él el primado” (Colosenses 1:18) (v. 29). (4) “Así como hay bella armonía y necesaria relación entre las varias doctrinas de la gracia, así debe haber armonía similar en el carácter del cristiano. El no puede experimentar el gozo y la confianza que manan de su elección, si no tiene la humildad que la consideración del carácter gratuito de ella debe producir; ni puede tener la paz de uno que ha sido justificado si no posee la santidad de uno que ha sido salvo” (vv. 29, 30). [Hodge.] (5) Por más difícil que sea a las mentes finitas comprender las emociones de la mente divina, no dudemos nunca por un momento de que Dios, “al no retener a su propio Hijo” “entregándole antes por todos nosotros,” hizo un sacrificio verdadero de todo lo que era más caro a su corazón, y que al hacerlo. quiso asegurar a su pueblo para siempre que todo lo demás que ellos necesitasen—por cuanto no es nada en comparación con este don, sino que es la necesaria consecuencia del mismo—en su debido tiempo será proporcionado (v. 32). (6) En recompensa por semejante sacrificio de parte de Dios, ¿qué podría considerarse como un sacrificio demasiado grande de parte nuestra? (7) Si pudiera haber duda alguna en cuanto al significado de la importante palabra “JUSTIFICACION” usada en esta epístola: ya sea, como la iglesia de Roma enseña, y otras muchas afirman, que signifique “la infusión de la justicia en los no santos, de modo que sean hechos justos,” o según la enseñanza protestante, “la absolución, o remisión, o el declarar justos a los culpables, el v. 33 debería aquietar toda duda semejante. Porque la pregunta del apóstol aquí es: “¿quién presentará acusación alguna contra los elegidos de Dios?”—en otras palabras, ¿“quién los declarará.” o “los tendrá por culpables”? puesto que “Dios los justifica”: lo que demuestra que se entendía que “justificar” expresaba precisamente lo contrario de “tener por culpable;” y por consiguiente (como arguye triunfantemente Calvino) significa “absolver de toda acusación de culpabilidad.” (8) Si pudiera haber alguna duda razonable tocante a la luz en que debiera contemplarse la muerte de Cristo en esta Epístola, el v. 34 debería tranquilizar del todo tal duda. Pues tenemos la pregunta del apóstol: ¿quien condenará a los escogidos de Dios, puesto que “Cristo murió” por ellos? lo que comprueba fuera de toda duda (como arguye con razón Philippi) que fué el carácter expiatorio de aquella muerte el que el apóstol tenía en su mente. (9) ¡Qué idea tan afable del amor de Cristo se nos revela aquí al saber que su gran intimidad con Dios y el poderosísimo interés mutuo de ambos—al estar “sentado a la diestra” de Dios—se emplean en bien de su pueblo sobre la tierra (v. 34)! (10) “Todo el universo, con todo lo que hay en él, mientras ello sea bueno, es amigo y aliado del cristiano; pero en cuanto sea malo, es un enemigo más que vencido” (vv. 35-39). [Hodge.] (11) ¿Estamos nosotros, los que hemos “probado que el Señor es bueno,” siendo “guardados por el poder de Dios por la fe para la salvación” (1 Pedro 1:5), y también rodeados por los brazos del invencible Amor? Por cierto entonces, “edificándonos en nuestra santísima fe,” y “orando en el Espíritu Santo,” con cuánta más razón debiéramos sentirnos constreñidos a “permanecer en el amor de Dios, por la misericordia de nuestra Señor Jesucristo, para vida eterna” (Judas 1:20, Judas 1:21).