Aunque Conías, hijo de Joacim, rey de Judá, fuera el anillo en mi mano derecha, de allí te arrancaría.

Castigo del impenitente inevitable y justificable

I. Mencione algunos casos espantosos en los que Dios ha verificado esta declaración.

1. Los ángeles apóstatas.

2. Nuestros primeros padres.

3. El Diluvio.

4. Los judíos.

5. El Salvador mismo.

Al Señor le agradó herirlo. No escatimó ni a su propio Hijo. ¿Y Él entonces, oh pecador impenitente, quien al negarse a creer en Jesucristo lo crucificará de nuevo, Dios te perdonará? No; aunque tramases el sello de Su diestra; aunque fuiste querido por Él como el Hijo de Su amor, Él no te perdonará cuando Su ley violada y Su justicia insultada exijan tu destrucción.

II. Enuncie algunas de las razones por las que Dios formó y promulgó tal declaración; o, en otras palabras, por qué antes renunciará a todo lo que le es querido antes que dejar que el pecado quede impune.

1. Es innecesario señalar que, entre estas razones, no tiene lugar la disposición a causar dolor. Así como Dios ha jurado por sí mismo que los impíos morirán, así ha jurado por sí mismo que no se complace en su muerte.

2. Tampoco el deseo de vengar los insultos y injurias que los pecadores se han ofrecido a Sí mismo tiene lugar entre los motivos que inducen a Dios a castigar el pecado; porque Él inflige castigo, no como un individuo herido, sino como el Soberano y Juez del universo, quien tiene las obligaciones más sagradas de tratar a Sus súbditos de acuerdo con sus méritos.

3. Es porque el bienestar de Su gran reino, la paz y la felicidad del universo lo requieren. Es porque una relajación de Su ley, una desviación de las reglas de estricta justicia, ocasionaría más desdicha que la que resultaría de una rígida ejecución de Su ley. Si el pecado fuera desenfrenado, sin castigo, pronto escalaría el cielo, como ya lo hizo una vez en el caso de los ángeles apóstatas; y allí reina y rabia con fuerza inmortal a través de la eternidad, repitiendo en una sucesión sin fin, y con mayor agravación, las atrocidades que ya ha perpetrado en la tierra.

Podemos agregar que después de que Dios una vez entregó Su verdad, Su justicia y santidad, y dejó a un lado las riendas del gobierno, nunca más pudo reanudarlas. Tampoco podría jamás dar leyes o hacer promesas a ningún otro mundo, ni a ninguna otra raza de criaturas, que él mereciera la menor consideración. ( B. Payson, DD )

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