6-15 El dinero que se da en caridad, puede parecerle a la mente carnal que se tira a la basura, pero cuando se da desde los principios adecuados, es una semilla sembrada, de la que se puede esperar un valioso incremento. Debe darse con cuidado. Las obras de caridad, al igual que las demás obras buenas, deben hacerse con reflexión y diseño. La debida reflexión, en cuanto a nuestras circunstancias, y a los que vamos a aliviar, dirigirá nuestras donaciones para usos caritativos. La ayuda debe darse libremente, sea más o menos; no a regañadientes, sino alegremente. Mientras algunos dispersan, y sin embargo aumentan; otros retienen más de lo que corresponde, y esto tiende a la pobreza. Si tuviéramos más fe y amor, deberíamos malgastar menos en nosotros mismos, y sembrar más con la esperanza de un abundante incremento. ¿Puede un hombre perder haciendo lo que a Dios le agrada? Él es capaz de hacer que toda la gracia abunde hacia nosotros, y que abunde en nosotros; de dar un gran aumento de bienes espirituales y temporales. Puede hacer que tengamos suficiente en todas las cosas y que estemos contentos con lo que tenemos. Dios no sólo nos da lo suficiente para nosotros mismos, sino también aquello con lo que podemos suplir las necesidades de los demás, y esto debe ser como la semilla que se siembra. Debemos mostrar la realidad de nuestra sujeción al Evangelio, con obras de caridad. Esto será para el crédito de nuestra profesión, y para la alabanza y la gloria de Dios. Procuremos imitar el ejemplo de Cristo, siendo incansables en hacer el bien, y considerando más bienaventurado dar que recibir. Bendito sea Dios por el inefable don de su gracia, por el que capacita e inclina a algunos de los suyos a conceder a otros, y a otros a ser agradecidos por ello; y bendito sea su glorioso nombre por toda la eternidad, por Jesucristo, ese inestimable don de su amor, por el que éste y cualquier otro bien, perteneciente a la vida y a la piedad, nos son dados gratuitamente, más allá de toda expresión, medida o límite.

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