1-12 Todo lo que tenemos, la propiedad de ello es de Dios; sólo tenemos el uso de ello, según la dirección de nuestro gran Señor, y para su honor. Este mayordomo malgastó los bienes de su señor. Y todos somos responsables de la misma acusación; no hemos hecho el debido uso de lo que Dios nos ha confiado. El mayordomo no puede negarlo; debe arreglar sus cuentas y marcharse. Esto puede enseñarnos que la muerte vendrá, y nos privará de las oportunidades que ahora tenemos. El mayordomo se hará amigo de los deudores o inquilinos de su señor, al cancelar una parte considerable de su deuda con éste. El señor al que se refiere esta parábola no elogió el fraude, sino la política del mayordomo. Sólo en ese aspecto es tan notorio. Los hombres mundanos, en la elección de su objeto, son insensatos; pero en su actividad y perseverancia, son a menudo más sabios que los creyentes. El mayordomo injusto no se pone ante nosotros como un ejemplo de cómo engañar a su amo, o para justificar cualquier deshonestidad, sino para señalar las formas cuidadosas de los hombres mundanos. Sería bueno que los hijos de la luz aprendieran la sabiduría de los hombres del mundo, y persiguieran con la misma seriedad su mejor objetivo. Las verdaderas riquezas significan bendiciones espirituales; y si un hombre gasta en sí mismo, o atesora lo que Dios le ha confiado, en cuanto a las cosas exteriores, ¿qué evidencia puede tener de que es un heredero de Dios por medio de Cristo? Las riquezas de este mundo son engañosas e inciertas. Convenzámonos de que son verdaderamente ricos, y muy ricos, los que son ricos en la fe, y ricos para con Dios, ricos en Cristo, en las promesas; pongamos, pues, nuestro tesoro en el cielo, y esperemos de allí nuestra porción.

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