Ahora bien, el Señor, Cristo, es el Espíritu de la ley del que hablo, al que debía conducir la letra. Y donde está el Espíritu del Señor, Cristo, hay libertad, no el velo, el emblema de la esclavitud. Hay libertad del temor servil, libertad de la culpa y del poder del pecado, libertad para contemplar a cara descubierta la gloria del Señor.

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