Significado. Ante la convicción de pecado, Pedro llama al arrepentimiento y al bautismo como respuesta de fe a la obra consumada de Cristo, con la promesa del perdón y del don del Espíritu Santo. No es la fórmula del hombre la que salva, sino la gracia soberana de Dios que la acompaña.

Contexto. El libro de los Hechos, escrito por Lucas como segunda parte de su obra dirigida a Teófilo, narra la expansión del evangelio por el poder del Espíritu prometido. En el día de Pentecostés, tras el derramamiento del Espíritu, Pedro predica a la multitud reunida en Jerusalén, mayormente judíos y prosélitos, y los confronta con su culpa por haber crucificado al Señor. «Compungidos de corazón», preguntan qué deben hacer; el versículo 38 es la respuesta apostólica.

Explicación. El verbo «arrepentíos» (metanoeo) implica un cambio radical de mente y de rumbo, fruto de la regeneración obrada por el Espíritu y no mera reforma humana. El bautismo «en el nombre de Jesucristo» es la señal y sello visible que une al creyente al Cristo crucificado y resucitado; no opera el perdón ex opere operato, sino que lo significa y confirma. La frase «para perdón de los pecados» señala el propósito y la dirección del arrepentimiento que el bautismo declara, no una causa mecánica. Desde la perspectiva reformada, todo el llamado descansa sobre la iniciativa soberana de Dios: el arrepentimiento mismo es don de la gracia, y «el don del Espíritu Santo» se recibe por pura misericordia, no como mérito.

Referencias relacionadas. La promesa del versículo 39, «para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos», resuena con el pacto de Génesis 17:7 y fundamenta la continuidad pactual. Hechos 11:18 muestra que Dios «concede el arrepentimiento»; 2 Timoteo 2:25 lo confirma. Tito 3:5 declara que somos salvos «por el lavamiento de la regeneración», y Romanos 6:3-4 vincula el bautismo a la muerte y resurrección de Cristo.

Aplicación práctica. El evangelio sigue llamando a un arrepentimiento genuino que reconoce nuestra responsabilidad ante la cruz. Para el creyente, el bautismo no es un trámite, sino la marca pública de pertenecer a Cristo; conviene vivir a la altura de esa señal. Y como el Espíritu es don y no salario, descansamos en la gracia, sirviendo con gratitud y no con temor mercenario.

Para reflexionar. ¿Vivo mi arrepentimiento como una obra mía que me acredita, o como un don del Espíritu que me lleva continuamente de regreso a la suficiencia de Cristo?

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