Significado. La salvación se confiesa con la boca y se cree con el corazón porque el Cristo resucitado es Señor; quien así cree y confiesa es salvo por la sola gracia de Dios.

Contexto. La carta a los Romanos fue escrita por el apóstol Pablo, probablemente desde Corinto hacia el año 57 d.C., dirigida a una iglesia que él aún no había visitado, compuesta por creyentes judíos y gentiles. En los capítulos 9 al 11 Pablo trata el lugar de Israel en el plan de Dios; aquí, en el capítulo 10, lamenta que muchos buscan establecer su propia justicia ignorando la justicia que viene de Dios por la fe en Cristo, el «fin de la ley» (Romanos 10:4).

Explicación. El versículo une dos verbos: «confesar» (homologeo, decir lo mismo que Dios dice) y «creer» (pisteuo). Confesar que «Jesús es el Señor» (kyrios) es reconocer su divinidad y su autoridad soberana, atribuyéndole el título que la Septuaginta reservaba para Yahvé. Creer que Dios lo resucitó es descansar en la victoria consumada del Salvador. Desde la perspectiva reformada, este orden no convierte la fe en una obra meritoria ni en una decisión autónoma del hombre caído: la confesión es el fruto, no la causa, de un corazón que el Espíritu ha regenerado y al que el Padre ha atraído (Juan 6:44). La fe misma es don de Dios, según su elección soberana, y por eso la salvación es enteramente «de gracia». Pablo no describe una fórmula mágica, sino la realidad visible e interior de quien ha sido transformado por el evangelio.

Referencias relacionadas. El versículo siguiente lo amplía: «con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación» (Romanos 10:10). Pablo cita Deuteronomio 30:14 sobre la cercanía de la palabra, y el señorío de Cristo resuena en Filipenses 2:11 y 1 Corintios 12:3, donde nadie puede llamar Señor a Jesús sino por el Espíritu Santo. La conexión entre fe y elección se ilumina con Efesios 2:8-9 y Hechos 16:14.

Aplicación práctica. La fe verdadera nunca permanece muda ni oculta; se confiesa abiertamente, aun a costa del rechazo del mundo. El creyente reformado halla aquí descanso: su salvación no se sostiene en la intensidad de sus emociones ni en la perfección de sus palabras, sino en el Señor resucitado y en la gracia que lo eligió. Examina si tu confesión brota de un corazón rendido a Cristo como Soberano de toda tu vida, y no solo como auxilio para tus crisis.

Para reflexionar. ¿Confiesas a Jesús como Señor de cada área de tu vida, descansando en su gracia soberana, o todavía intentas establecer tu propia justicia?

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