Significado. El pecado del impío brota de un corazón que ha desterrado el temor de Dios; donde Dios deja de ser temido, la transgresión habla con voz de oráculo.

Contexto. El Salmo 36 lleva el título «del siervo del Señor, de David», y pertenece al primer libro del Salterio. David, rey ungido y profeta, contrasta dos realidades opuestas: la corrupción radical del hombre sin Dios (vv. 1-4) y la inagotable misericordia del Señor (vv. 5-9). Como cántico destinado a la congregación de Israel, instruye al pueblo del pacto a discernir la raíz espiritual de la maldad y a refugiarse en la bondad divina, anticipando la enseñanza neotestamentaria sobre la depravación humana.

Explicación. La expresión hebrea sugiere que la transgresión misma habla en lo íntimo del impío como un dictamen o susurro engañoso que ocupa el lugar reservado a la Palabra de Dios. El versículo culmina con el diagnóstico decisivo: «no hay temor de Dios delante de sus ojos». Para la teología reformada, este temor no es mero sentimiento, sino la reverencia filial que reconoce la soberanía y santidad del Creador; su ausencia revela un corazón caído, incapaz por naturaleza de honrar a Dios. Aquí late la doctrina de la depravación total: no que el hombre sea tan malo como podría ser, sino que ningún rincón de su ser escapa a los efectos del pecado, de modo que su raíz brota de una rebelión interior antes que de actos aislados.

Referencias relacionadas. El apóstol Pablo cita precisamente este versículo al concluir su acusación universal contra la humanidad: «No hay temor de Dios delante de sus ojos» (Romanos 3:18), sellando que «no hay justo, ni aun uno». Compárese con el Salmo 14:1, donde el necio dice en su corazón que no hay Dios, y con Proverbios 1:7, que declara el temor del Señor como principio de la sabiduría. Génesis 6:5 confirma que la intención del corazón humano era de continuo solamente el mal.

Aplicación práctica. Este texto nos invita a examinar la fuente de nuestras propias decisiones. Cuando el pecado parece razonable y la conciencia calla, debemos preguntarnos si hemos apartado de nuestra vista el temor reverente de Dios. La gracia soberana es la única que reemplaza ese susurro engañoso por la voz veraz del Espíritu; por ello orientamos la mirada a Cristo, en quien hallamos tanto el perdón como un nuevo corazón que aprende de nuevo a temer y amar al Señor.

Para reflexionar. ¿Qué voz gobierna hoy lo más íntimo de tu corazón: el susurro del pecado que justifica, o el temor reverente de Dios que somete cada pensamiento a su Palabra?

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