1-10  El evangelio es una palabra de gracia que suena en nuestros oídos. El día del evangelio es un día de salvación, los medios de gracia son medios de salvación, las ofertas del evangelio son ofertas de salvación, y el tiempo presente es el tiempo apropiado para aceptar estas ofertas. El día de mañana no es nuestro: no sabemos lo que habrá en el día de mañana, ni dónde estaremos. Ahora disfrutamos de un día de gracia; entonces, que todos tengan cuidado de no descuidarlo. Los ministros del evangelio deben considerarse a sí mismos como siervos de Dios, y actuar en todo lo que corresponda a ese carácter. El apóstol así lo hizo, con mucha paciencia en las aflicciones, actuando desde los buenos principios, y con el debido temperamento y comportamiento. Los creyentes, en este mundo, necesitan la gracia de Dios para armarse contra las tentaciones, para soportar la buena reputación de los hombres sin orgullo, y para soportar sus reproches con paciencia. No tienen nada en sí mismos, sino que lo poseen todo en Cristo. De tales diferencias se compone la vida de un cristiano, y a través de tal variedad de condiciones e informes, es nuestro camino al cielo; y debemos tener cuidado en todas las cosas para aprobarnos ante Dios. El Evangelio, cuando se predica fielmente y se recibe plenamente, mejora la condición incluso de los más pobres. Ahorran lo que antes gastaban desenfrenadamente, y emplean diligentemente su tiempo en fines útiles. Ahorran y ganan por medio de la religión, y así se enriquecen, tanto para el mundo venidero como para éste, en comparación con su estado pecaminoso y despilfarrador, antes de recibir el evangelio.

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