Significado. El Cristo resucitado, investido de toda autoridad, envía a su Iglesia a hacer discípulos de todas las naciones, sellando esa obra con el bautismo en el nombre del único Dios trino. La misión no nace del entusiasmo humano, sino del decreto soberano del Rey que reina.

Contexto. El Evangelio de Mateo, escrito por el apóstol y antiguo recaudador de impuestos, se dirige principalmente a lectores de trasfondo judío para demostrar que Jesús es el Mesías prometido y el Rey davídico. Estas palabras finales, pronunciadas en un monte de Galilea ante los once discípulos, constituyen la llamada Gran Comisión, dada después de la resurrección y antes de la ascensión, cuando el Señor declara que toda potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra.

Explicación. El verbo principal del mandato no es «ir», sino «hacer discípulos» (gr. «matheteúsate»); el participio «yendo» supone que el pueblo de Dios estará en movimiento. Las naciones (gr. «panta ta ethne») revelan que la gracia salvadora rebasa los límites de Israel y alcanza a los elegidos de todo pueblo, conforme al propósito eterno de Dios. El bautismo «en el nombre» (singular) del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo confiesa de modo explícito la Trinidad y marca la incorporación visible al pacto de gracia. Desde la perspectiva reformada, esta comisión no garantiza la conversión por el esfuerzo humano, sino que es el medio ordenado mediante el cual el Espíritu aplica eficazmente la redención a quienes el Padre dio al Hijo.

Referencias relacionadas. El alcance universal de la misión cumple la promesa hecha a Abraham de que en él serían benditas todas las familias de la tierra (Génesis 12:3) y el anuncio profético de la luz a las naciones (Isaías 49:6). La autoridad del Hijo se anticipa en la visión del Hijo del Hombre que recibe dominio sobre todos los pueblos (Daniel 7:13-14). El cumplimiento histórico se despliega en Hechos 1:8, y la fórmula trinitaria resuena en la bendición de 2 Corintios 13:14.

Aplicación práctica. La Iglesia no debe reducir su tarea a registrar decisiones momentáneas, sino formar discípulos que aprendan a obedecer toda la voluntad de Cristo. Esto exige enseñanza paciente, vida en comunidad pactual y administración fiel de los sacramentos. El creyente halla descanso al recordar que la misión se apoya en la autoridad del Rey y en el poder del Espíritu, no en su propia elocuencia ni en resultados visibles.

Para reflexionar. ¿Vivo la Gran Comisión como una carga que descansa sobre mis hombros, o como una participación gozosa en la obra soberana de un Cristo que ya posee toda autoridad?

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