CAPITULO XV.

Algunos maestros de Judea insisten en la necesidad de que los

los gentiles convertidos se circunciden, 1.

Pablo y Bernabé son enviados a Jerusalén para consultar a los apóstoles

sobre este tema, 2.

Llegan a Jerusalén e informan a los apóstoles de la

conversión de los gentiles, y de los problemas que ciertos fariseos

habían ocasionado sobre la circuncisión, 3-5.

Los apóstoles se reunieron para considerar la cuestión, y Pedro da su opinión, 6-11.

Bernabé y Pablo cuentan su éxito entre los gentiles, 12.

Santiago emite su juicio, 13-21.

Los apóstoles y los ancianos están de acuerdo con lo que él propone, y envían a

Judas y Silas con Pablo y Bernabé a los gentiles convertidos, 22.

y envían una epístola con su decreto a las iglesias de

Antioquía, Siria y Cilicia, 23-29.

Pablo y su compañía regresan y leen la epístola a los

hermanos de Antioquía, lo que produce una gran alegría;

Judas y Silas les predican, 30-32.

Judas vuelve a Jerusalén, pero Silas continúa con Pablo y

Bernabé, enseñando y predicando, 33-35.

Pablo propone a Bernabé visitar las iglesias donde habían

predicado, y, al decidir éste llevar a Juan Marcos con ellos, 

Pablo se niega a hacerlo, 36  - 38.

No están de acuerdo; y Bernabé, tomando a Juan Marcos, navega a Chipre, 39.

Y Pablo, llevando a Silas, recorre Siria y Cilicia,

confirmando las Iglesias, 40, 41.

NOTAS SOBRE EL CAPITULO. XV.

Verso Hechos 15:1. Si no os circuncidáis... Los que enseñaban esta doctrina parecen haber sido conversos al cristianismo, pero, suponiendo que la religión cristiana estaba destinada a perfeccionar la mosaica, y no a sustituirla, insistían en la necesidad de la circuncisión, porque, por ella, un hombre se hacía deudor de toda la ley, para observar todos sus ritos y ceremonias. Esta cuestión produjo una gran perturbación en la Iglesia apostólica; y, a pesar del decreto mencionado en este capítulo, los apóstoles se vieron frecuentemente obligados a interponer su autoridad para resolverla; y encontramos a toda una Iglesia, la de Galacia, apartada de la simplicidad de la fe cristiana por la sutileza de los maestros judaizantes entre ellos, que insistían en la necesidad de que los gentiles convertidos se circuncidaran.

No podéis salvaros... No podéis disfrutar de la bendición de Dios en el tiempo, ni de su gloria en la eternidad. Una afirmación como ésta, proveniente de cualquier autoridad de renombre, debe necesariamente sacudir la confianza de los jóvenes convertidos.